Era 20 de febrero de 1872. Entre el ruido de los carruajes, el vapor de las fábricas y el pulso acelerado de una Nueva York que crecía hacia arriba y hacia afuera, se abrió un espacio para la contemplación. Ese día, el Museo Metropolitano de Arte inauguró sus puertas, como si alguien hubiera decidido detener el tiempo en medio de la prisa.
Era 20 de febrero de 1872. Entre el ruido de los carruajes, el vapor de las fábricas y el pulso acelerado de una Nueva York que crecía hacia arriba y hacia afuera, se abrió un espacio para la contemplación. Ese día, el Museo Metropolitano de Arte inauguró sus puertas, como si alguien hubiera decidido detener el tiempo en medio de la prisa.