País de escultores

Parte importante del tesoro artístico y patrimonial de nuestro país ha salido de la mano de un grupo excepcional de artistas de la piedra, el bronce, el acero, el fierro, la madera y otras materialidades. Hablamos de gigantes como Samuel Román, Federico Assler, Marta Colvin, Lily Garafulic, Sergio Castillo, Rebeca Matte, Virginio Arias, Francisco Gazitúa, Pilar Ovalle, Mario Irarrázabal, Vicente Gajardo, Fernando Casasempere y Francisca Cerda, por nombrar algunos. Esta es una crónica personal del fundador de Santiago Adicto sobre el viaje de descubrimiento de muchas de sus obras en nuestro paisaje urbano.

País de escultores

Parte importante del tesoro artístico y patrimonial de nuestro país ha salido de la mano de un grupo excepcional de artistas de la piedra, el bronce, el acero, el fierro, la madera y otras materialidades. Hablamos de gigantes como Samuel Román, Federico Assler, Marta Colvin, Lily Garafulic, Sergio Castillo, Rebeca Matte, Virginio Arias, Francisco Gazitúa, Pilar Ovalle, Mario Irarrázabal, Vicente Gajardo, Fernando Casasempere y Francisca Cerda, por nombrar algunos. Esta es una crónica personal del fundador de Santiago Adicto sobre el viaje de descubrimiento de muchas de sus obras en nuestro paisaje urbano.

El arte público fue mi manera de conocer y enamorarme de Santiago. Siguiendo la ruta de las obras escultóricas de Marta Colvin, Samuel Román, Sergio Castillo, Lily Garafulic o Tótila Albert, entre muchos otros, atravesé comunas, conocí parques y plazas, llegué a una comunidad de viviendas sociales en Renca, me convertí en fanático del Cementerio General, viajé fuera de la capital para buscar el friso cinético del Apumanque, obra de Matilde Pérez, y así pude ser testigo del tremendo trabajo que han hecho por décadas en la Universidad de Talca; entré a decenas de edificios corporativos y tuve que convencer a los guardias que de verdad venía a fotografiar una escultura, me hice amigo de la viuda de un escultor Premio Nacional de Artes Plásticas, me sorprendí con un brillante arquitecto que es tan buen escultor como diseñador de edificios, me deprimí al ver el estado de obras de arte público en ciudades como Concepción, escuché a escultores explicarme qué es Chile y qué somos los chilenos mejor que un sociólogo o un historiador, comprendí la importancia que tiene para un artista que trabaja con piedra vivir en una cantera o muy cerca de ésta, aprendí nombres de gigantes demasiado desconocidos como Abraham Freifeld, Matías Vial o Rosa Vicuña; descubrí una obra de la que no se había sabido por décadas y pude darle la buena nueva a su autor, y entendí que no sólo somos un país de grandes poetas y arquitectos, también tenemos argumentos de peso para sentir el orgullo de ser un país de escultores.


Escribo esta crónica-columna en primera persona porque mi relación con la escultura es pasional, demasiado cercana y porque es el arte público el que, en parte, me ha formado como ciudadano. El arte integrado a la ciudad permite mirar el espacio urbano desde otra perspectiva y, a veces, puede llevar a enamorarte del lugar donde vives. Se trata de una de las manifestaciones culturales más cercanas y democráticas, pues arte público es justamente eso, una expresión de arte que está en una calle, en un bandejón central, en la punta de un cerro que todos podemos ver, en museos y galerías a las que podemos acceder. Por supuesto que hay obras en colecciones privadas a las que no tenemos acceso. Pero a diferencia de todas las otras manifestaciones del arte, la escultura es por definición y por el interés de la gran mayoría de sus creadores, pública. No se imaginan cómo ha sufrido Federico Assler, uno de los artistas más grandes de Chile y de Latinoamérica, con su “Conjunto Escultórico” realizado para la UNCTAD III en 1972. En los 54 años que han pasado desde su inauguración, casi siempre ha estado escondido del público. Hoy, gracias a un esfuerzo de los arquitectos del GAM, se puede ver desde la calle Villavicencio. Claro que separado por barrotes.


Quiero hacer un poco de name dropping para ufanarme, como chileno, de la cantidad de grandes artistas de la piedra, el bronce, el acero, el fierro, la madera y otras materialidades que tenemos. Además de los escultores ya mencionados en los párrafos anteriores, la lista tiene que partir por Samuel Román, quizás el más grande de todos. Lamentablemente, don Samuel no dejó una fundación o un museo con su obra, pero su trabajo se puede apreciar en lugares tan destacados como el Campus de la Universidad de Concepción, Avenida Matta (las preciosas fuentes de agua que hizo para el Mundial de Fútbol de 1962), el Parque de las Esculturas de Providencia, el Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile o el acceso a la Facultad de Medicina de la misma casa de estudios, en Avenida Independencia. La lista sigue con los que ya no están: Rebeca Matte, Virginio Arias, Laura Rodig, Peter Horn, Nicanor Plaza, Lorenzo Domínguez, José Carocca, José Perotti, Juan Egenau, Carlos Ortúzar, Félix Maruenda, Ricardo Mesa, Raúl Valdivieso, José Balcells, Claudio Girolla y Pancha Núñez. Y remata con los que viven y no paran de trabajar: Francisco Gazitúa, Vicente Gajardo, Mario Irarrázabal, Osvaldo Peña, Héctor Román, Pilar Ovalle, Francisca Cerda. Fernando Casasempere, Marcela Correa, Aura Castro, Hernán Puelma, Iván Navarro, Benjamín Lira, Luis Mandiola, Cristián Salineros, María Angélica Echavarri, Carlos Fernández, Ximena Rodríguez, Cristina Pizarro, así como tantos otros que hay que dejar afuera por espacio, especialmente las decenas de grandes artistas menores de 55 años. Sepan perdonar.

Cuando empecé mis recorridos buscando esculturas en Santiago, casi veinte años atrás, había poca información y la que existía se encontraba en libros caros o que ya no se reeditaban. Tuve que leer mucho, investigar y “acercarme a la fuente”. Es así como dos artistas se volvieron muy importantes: Sergio Castillo y Federico Assler. Uno que ya no estaba, otro que no para de crear, aunque ya se esté acercando al siglo de vida. Fue tanta la admiración por el trabajo de estos gigantes, que necesité estar más cerca de ellos. Con la viuda de Sergio Castillo, la gestora cultural Silvia Westermann, tenemos una relación de amistad hasta el día de hoy. Lo mismo con Francisca Délano, destacada artista y mujer de Federico Assler. Con ambas hablo cada vez que encuentro o me entero de una obra que no conocía de sus maridos, para pedirles retroalimentación. Como una especie de juego del tesoro, siempre estoy atento a “descubrir” una escultura que sus autores daban por perdida o que la historia se había encargado de invisibilizar. Tal como pasó hace un par de años, cuando fui a visitar la Escuela de Formación de Carabineros (Esfocar) en Cerrillos, que hasta principios de la década del setenta había sido la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, en un terreno y en edificios donados por el empresario Salomón Sack a esa casa de estudios. Mi sorpresa y la de mi acompañante, el arquitecto Pablo Altikes (otro fanático del arte integrado a la arquitectura) cuando vimos una obra de Federico Assler en pleno patio central, fue gigante. Firmada solamente con las iniciales FA, en la Escuela de Carabineros asumían que se refería a Facultad de Arquitectura. Pero nosotros no teníamos duda alguna de que se trataba de una obra de Assler. Y una grande. Cuando le mandé las fotos por Whatsapp a Francisca y a Federico, la emoción fue total. Nunca, en medio siglo, habían sabido del destino de esa obra y la daban por desaparecida. Ese tipo de alegrías, de verdaderos triunfos para un nerd de la escultura, son experiencias profundas. Y estoy seguro de que importan. Porque ahora la Esfocar sabe que cuida un patrimonio más valioso aún de lo que imaginaban y porque un gran artista de nuestra historia se ha reencontrado con uno de sus hijos de hormigón.



Eso pasa cuando uno tiene ciertas obsesiones o adicciones (de las buenas): ocurren cosas. En un principio, cuando partí con la cuenta de Instagram de Santiago Adicto, publicaba mucha escultura. Demasiada, como empecé a notar. El arte público, deduje, es un poco más de nicho que otros temas de ciudad. Por eso en junio de 2015 decidí crear la cuenta @esculturachile. Una foto de un busto realizado por el escultor Jaime Antúnez, que se llama “Serenidad” y que está en la Clínica Alemana, fue el primer post. Una década después, la cuenta tiene más de veinte mil seguidores y permite que todas las fotos subidas en estos años se puedan encontrar de manera fácil usando el hashtag (#) del escultor. Por ejemplo, si escribes #escultorsergiocastillo en Instagram encontrarás las obras de este artista que he podido fotografiar en todo Chile, así como de otras cuentas que han decidido usar esa forma para nombrarlo. De esa manera, las esculturas Sergio Castillo están mucho más cerca de cualquiera que decida aventurarse a conocer su obra.

Imposible olvidar otro momento. Y nuevamente implica a Assler, un artista tan completo, tan original, tan grande, que no sólo fabrica sus propias herramientas de trabajo, sino que es dueño de una obra única en el mundo: esculturas de hormigón (positivo) realizadas con un negativo de poliestireno expandido, más conocido como plumavit. Ese momento ocurrió cuando supe que una de sus obras se encontraba en medio de un grupo de viviendas sociales en Renca, diseñadas por la oficina de arquitectura Elemental, que lidera el Premio Pritzker Alejandro Aravena. Sí claro, es arte integrado a la arquitectura, pero en un contexto mucho menos evidente.


Voy con una pequeña gran historia más. Ocurre en la cumbre del cerro Los Piques, donde está la iglesia del Monasterio de los Benedictinos. Apenas entras a ese extraordinario espacio, hay una escultura que te impresiona. Es la Virgen sosteniendo a Jesús, hecha de trozos de madera. Cuando supe que fue diseñada por Marta Colvin y encargada a su ayudante Francisco Gazitúa, y que se trasformaría en el debut escultórico de Gazitúa, fue una epifanía. Estaba viendo una obra profunda y hermosa (una escultura) en una de las obras de arquitectura moderna más profundas y hermosas de Chile. Por eso, creo, es un lugar al que necesito volver constantemente. Un espacio donde la luz, el silencio, el arte y la arquitectura producen introspección inmediata.

Como he usado algunas frases que escribí para el libro que el año pasado celebró los 30 años de la Galería Artespacio, quiero aprovechar de poner en valor la importancia que los simposios y un espacio cultural como éste, liderado por Rosita Lira y María Elena Comandari, han hecho por la escultura en Santiago. Es ese empuje el que explica que lugares como Ciudad Empresarial, la Fundación López Pérez o los cementerios de Nuestros Parques sean espacios de arte público de muy buena calidad, que la explanada del Parque Bicentenario de Vitacura tenga desde hace algunas semanas una preciosa pluma de piedra regalada por Artespacio a la Municipalidad de Vitacura y que la propia galería, ubicada en Alonso de Córdova, sea un espacio público para contemplar importantes obras escultóricas.

Porque, claro, no basta con tener grandes artistas. Se necesita un ecosistema. Y entre las galerías, las universidades que compran escultura como la de Talca, la PUC y Los Andes; coleccionistas, filántropos, curadores, críticos, medios de comunicación (La Panera, Artes y Letras de El Mercurio), la Comisión Nemesio Antúnez del MOP, restauradores y creadores como Luis Montes Becker y Luis Montes Rojas, espacios radiales (el programa “Santiago Adicto” en radio Duna), comunidades digitales, libros (imposible no destacar a la finlandesa avecindada en Chile, Liisa Flora Voionmaa Tanner, con su texto Escultura Pública. Del Monumento Conmemorativo a la Escultura Urbana. Santiago 1792-2004) y arquitectos como Gonzalo Mardones que llevan décadas trabajando en colaboración con Francisco Gazitúa, hay una pequeña gran comunidad que permite el altísimo nivel de escultura que tenemos y hemos tenido en Chile. Sí, somos país de escultores.