La república de las emociones

La república de las emociones

Cuando en la campaña presidencial del 64 Julio Durán, político sagaz y zorro correteado, enunció “la ley del péndulo” y habló poco después de “cuajarones de sangre”, no lo hizo ciertamente para tomar asiento junto a Hegel, Burckhardt o Toynbee entre los filósofos de la historia. Lo hizo más bien para salvarse él e identificar una recurrente pulsión al todo o nada que terminó capturandonos guste o no varias décadas de nuestra historia política.

Porque vamos de un extremo a otro. Somos un barco zarandeado por los vientos de ardor y las resacas de la decepción. El termómetro anímico nacional acusa no sólo grandes oscilaciones entre el inicio y el desenlace de los ciclos políticos, lo que sería normal, sino también entre el día y la noche. Nos preguntamos en qué momento este país que antes era estable, contenido y predecible hasta el sopor, pasó a convertirse en una permanente caja de sorpresas que un día, en medio del carnaval rupturista, vota por echar la casa abajo y, al corto tiempo, tras una corta ducha de realismo político, decide volver a la ortodoxia conservadora o ultraliberal porque se acordó (¡mira qué buena memoria!) de que el orden, la seguridad y el crecimiento económico son cosas que también le importan.

Bueno, bienvenidos a la República de las Emociones, donde nada es seguro y todo dura lo que dura. Además, todo depende. Depende del humor, de las primeras impresiones, del look, del buenismo, de la onda. No de lo que la gente piense sino de lo que sienta.

¿Habla este fenómeno de inmadurez de nuestros políticos, como a menudo se plantea? ¿O habla más bien de la escasa densidad cívica que tenemos como ciudadanos y como sociedad?

Es cierto que nunca fuimos Atenas. Pero tanto los orígenes como el desarrollo de la historia republicana chilena dejan ver una conciencia de patria, de Estado, de proyección y continuidad histórica que ciertamente la modernidad ha desdibujado. ¿Por qué? Básicamente porque en la modernidad somos antes individuos que comunidad. Por otro lado, las instancias tradicionales de control y contención social –los partidos políticos, la Iglesia, los medios, las escuelas, los sindicatos– están muy averiadas y a muy mal traer.

Cuando quedamos a la intemperie, nos volvimos emocionales. Muy emocionales.

Quizás no es que en el pasado hayamos sido completamente racionales. Pero había líneas, fronteras, Rubicones, por así decirlo, que debíamos pensarlo dos veces antes de traspasar, sea por cuestiones de lealdad a la clase, a la fe, a la familia, a las convicciones, a la propia biografía incluso. Eso es lo que se acabó. Ahora todo es más líquido. El pasado ya no pesa. Partimos de cero todos los días y las encuestas se hacen el pino indagando qué nos gusta y qué no, quiénes van para arriba y quienes de perdedores, cómo le va al gobierno esta semana y cómo viene la mano para la próxima.

Sería fácil decir que todo es efecto de derrumbe de la instrucción cívica en los años de la dictadura. Fue sin duda uno de los factores que nos tienen donde estamos. Pero en el tema de la ausencia de eje o de vida interior, como diría un desubicado, entran en juego muchas otras variables.

Entra, por ejemplo, la gravitación de las redes sociales, el carisma de los influencers, y el persistente déficit atencional promovido por plataformas como TikTok.

Entra el empoderamiento individual. Aquí vengo yo: yo creo, yo siento, yo exijo, yo lo veo asá.

Entra la destrucción de la gran parte de la educación pública y la asfixia de la que es privada.

Entra, cómo no, entronización de la patanería o barbarie: la banalidad de la farándula y la televisión abierta, el consumismo rampante, la ignorancia zorrona, el culto a la plata y a la zapatilla cara, la cultura chatarra, el hedonismo al peo, la muerte del libro no ya en la pobla sino también en las elites, por echar sólo algunos ingredientes a la olla.

¿Cuáles son hoy nuestras escuelas de formación sentimental? ¿Qué cosa llenó el vacío que dejaron el bolero, el cine mexicano, las películas de Hollywood de la edad dorada y las comedias que oían por la radio las señoras después de almuerzo? ¿Lo llenan el reggaetón, las teleseries turcas, los grafitis, los pasacalles, la música urbana o sucesos editoriales como Weona, tú podí? No tengo la menor idea. A lo mejor hubo un momento en que las novelas, la música de cámara o la pintura clásica fueron instancias de inteligencia emocional y moral en la formación de los jóvenes. Puede ser también espejismo mío.

Que nadie tome muy en serio estas observaciones. Son solo impresiones parciales, subjetivas, de un vejete que observa con alguna incomodidad cómo en la República de las Emociones, al revés de lo que cabría esperar, los llamados atributos blandos y los sentimientos han pasado a pérdida. La simpatía está en problemas frente a la hostilidad imperante; la urbanidad lleva todas las de perder ante el atropello y para encontrar una cara diáfana o sonriente hay que pasar antes por unos diez rostros agriados. Donde debería haber respeto, escarnio; en lugar de acogida, conchazo.

No sé si me gusta tanta emoción.