La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

Hay algo raro —y un poco loco— en escribir para una revista. Una gran oportunidad, además, porque las revistas ya son casi algo del pasado.

En la radio uno habla y las palabras se van. Quedan flotando un rato, quizás en un podcast o en una frase que alguien recuerda. En un diario las columnas pasan rápido, raramente trascienden. Pero una revista es otra cosa. Queda. Se guarda. Aparece años después en un cajón, en la mesa de centro de una oficina o en una casa en la playa. Y entonces alguien abre una página y se asoma a un tiempo perdido, a un presente que ya pasó. Una máquina del tiempo.

Alguien, en cinco o diez años más, va a leer estas líneas desde otro Chile. Un país que ya sabrá lo que nosotros todavía no sabemos. Un país que podrá mirar hacia atrás y decir: “ahí estaba la oportunidad”. O, peor, “ahí la volvimos a dejar pasar”.

Si usted está leyendo esto en el futuro, le cuento en qué estaba Chile cuando Radio Duna recién había cumplido 30 años.

Chile estaba discutiendo la “Megarreforma”. Amplia, polémica, con defensores, detractores y detalles que todavía deben corregirse. Pero detrás de los artículos, las indicaciones y la pelea chica, hay una discusión bastante más simple: si Chile quiere volver a crecer o si va a seguir administrando un estancamiento que ya empieza a parecer secular.

Porque digámoslo sin demasia - da anestesia: Chile se estancó.

No fue mala suerte. No fue solamente el ciclo externo. No fue únicamente el estallido ni la pandemia. Todo eso influyó. Pero una parte sustancial del problema fue autoinfligida. Durante años se instaló la idea de que crecer era casi secundario; que había que rediseñar el modelo, aumentar exigencias, desconfiar del que invertía, ponerle más capas al Estado y rezar para que la economía siguiera funcionando igual.

Pero eso no pasó. Algo profundo se quebró.

El resultado está a la vista: menos dinamismo, menos inversión, menos productividad, más deuda, más frustra - ción y un Estado que prometió más de lo posible. Se nos dijo que venía un nuevo modelo. Lo que llegó fue una economía más lenta y un país más frágil.

Por eso sorprende la oposición tajante de quienes vie - ron, en primera fila, los resultados de esa receta. Hubo tiempo y hubo poder para probarla. Y Chile quedó más trabado, más apretado y más desconfiado de sí mismo. Insistir hoy con el mismo diagnóstico, después de todo lo que vimos, no es convicción: es terquedad.

Esta reforma no es perfecta. Hay que mejorarla y cuidar la caja fiscal. Pero sería un error histórico confundir defectos corregibles con una razón para dejar pasar la que quizás sea la última gran oportunidad de cambiar de rumbo. 

Chile necesita un nuevo impulso. No un eslogan. Un impulso real.

Necesita volver a aprobar proyectos, atraer capital, construir infraestructura, producir más, exportar más. Y si a las empresas les va bien, habrá más empleo y mejores sueldos. A los trabajadores no les puede ir mejor si a las empresas y a sus accionistas les va mal. ¿Cómo puede ser tan difícil de entender? Además, se recaudarán más impuestos para financiar gasto social.

Sin crecimiento todo es un juego de suma cero. Una pelea distributiva: la política administra escasez y el Estado promete con una mano mientras se endeuda con la otra.

Y justo cuando Chile se mira el ombligo, el mundo acelera.

La inteligencia artificial está reorganizando, en silencio y a velocidad inédita, cómo se trabaja, se produce y se decide. Pero detrás de esa revolución que parece puramente digital, hay una revolución profundamente física. Los modelos necesitan data centers. Los data centers necesitan energía a escala. La energía necesita transmisión, electrificación y minerales. Mucho cobre. Mucho litio. El mundo que se viene no se construye solo con algoritmos: se construye con metal, con voltaje y con permisos aprobados a tiempo

Y resulta que Chile tiene justo lo que ese mundo necesita.

El cobre está rozando niveles que pocos habrían creído posibles. El litio puede ser estratégico por décadas. La energía solar y eólica del norte tienen pocos paralelos en el mundo. Estamos sentados sobre los insumos físicos de la próxima revolución industrial. La pregunta no es si la oportunidad existe. La pregunta es si vamos a estar a la altura.

Porque nada de eso sirve si cada proyecto demora años en permisos, si la inversión se mira con sospecha y si la discusión política sigue capturada por quienes prefieren tener razón ideológica antes que hacerse cargo del interés del país

Sí. Estamos en un momento pivotal. O, para usted, lector del futuro, estábamos.

Usted ya sabe cómo terminó esta historia. Sabe si aprovechamos la oportunidad o si la dejamos pasar. Sabe si esta reforma fue el inicio de un nuevo ciclo o apenas otro capítulo en nuestra larga racha de malos diagnósticos y peor ejecución. Nosotros todavía no lo sabemos.

Ojalá, cuando esta revista llegue a sus manos luego de reposar plácida por años en un velador, en un cajón o en un revistero, no sienta que está frente a otra queja respecto de las oportunidades perdidas, sino frente al momento en que empezó el giro hacia arriba y nos volvimos a encontrar con lo que alguna vez fuimos. Imperfectos, obvio. Pero fuertes, orgullosos y dueños de nuestro propio destino.