Isabel Allende: “El mundo está lleno de historias y nunca me falta una para contar”

La escritora en idioma español más leída del mundo, autora de La Casa de los Espíritus, Paula, De Amor y de Sombra y de treinta libros más, dice que a lo que más le teme en la vida es a un final prolongado. Acaba de publicar La Palabra Mágica, su “recetario” para los aspirantes a escritor y el 8 de enero pasado, como siempre, comenzó a escribir una nueva novela. De reojo mira el mundo que le toca presenciar. Y le preocupa mucho.

Isabel Allende: “El mundo está lleno de historias y nunca me falta una para contar”

La escritora en idioma español más leída del mundo, autora de La Casa de los Espíritus, Paula, De Amor y de Sombra y de treinta libros más, dice que a lo que más le teme en la vida es a un final prolongado. Acaba de publicar La Palabra Mágica, su “recetario” para los aspirantes a escritor y el 8 de enero pasado, como siempre, comenzó a escribir una nueva novela. De reojo mira el mundo que le toca presenciar. Y le preocupa mucho.

Isabel Allende ya tiene listas sus memorias. No sabe cuándo serán publicadas, dice que en este momento “están en manos de alguien” y ella ya está en otra cosa. Esas memorias no abarcan toda su vida, sino que un período muy limitado: entre 2015 y 2025, “los 10 años en que se terminó mi matrimonio, en que estuve sola y volví a encontrar el amor”. Corresponden a su versión, por supuesto, y las asume como una ficción, “en el sentido de que tú eliges lo que vas a contar y lo que vas a omitir y cómo lo vas a contar”. En esos años comenzó a hacer ejercicio, algo que nunca había hecho, se despojó de cosas materiales y aprendió que perfectamente puede vivir sola.

Reside en San Rafael, al norte de San Francisco, California, al lado de una laguna, divide su tiempo entre la escritura y su fundación, que trabaja con inmigrantes, principalmente con mujeres.

Acaba de publicar La palabra mágica, un libro pensado como una suma de lecciones para quienes quieren comenzar a escribir. Ahí desmenuza los secretos de su oficio. Y revela algunos secretos propios.


Después de 33 libros, cientos de artículos, entrevistas, muchísi - mas conferencias. ¿Qué secretos guardas todavía?

Solamente los secretos que no me corresponden, que no son míos. Cosas que atañen a otras personas. Con ese tipo de cosas soy muy prudente, muy discreta, pero lo mío está todo repartido, no importa. Creo que no tengo secretos personales. ¿Sabes? Mi mamá decía, “¡ay, tú te expones tanto, cuentas todo, te pones en una posición tan vulnerable!”. Y lo que yo contestaba siempre era: “Mamá, los secretos que uno guarda son los que lo hacen a uno vulnerable, no los que uno cuenta”.

En La Palabra Mágica dices que una buena manera de empezar un libro es preguntarse ¿qué me importa más hoy? Te quería preguntar eso, ¿qué te importa más hoy?

El mundo. El mundo me importa. Todo lo que está pasando. Esta vuelta tremenda al autoritarismo, a la derecha... Yo vivo en Estados Unidos, donde los valores de Trump han ido permeabilizando la sociedad. Se vive en un estado de mentira y de crueldad, de discriminación, de odio, diría yo, que es muy grave. Lo veo reflejado en otras partes del mundo también. Eso me preocupa. A pesar de que ya estoy tan vieja, de que no voy a ver posiblemente el fin de la civilización como la entendemos, pero le tocará a mis nietos.

¿Ves que vamos encaminados hacia eso?

A un cambio fundamental. No creo que se vaya a terminar la humanidad, yo soy más bien optimista. Pero creo que estamos viviendo una crisis muy fuerte, que la vamos a ver en retrospectiva dentro de unos años.


Las certezas y las preguntas


¿Qué es lo más injusto que se ha dicho sobre ti?

Que soy arrogante, porque la verdad que no soy. Creo que aprendí humildad con mi abuelo, primero, y después con mis hijos. Muy pocas madres pueden darse el gusto de ser arrogante.

¿En qué contexto te dijeron arrogante?

La persona que lo decía con cierta regularidad era mi segundo marido, Willy. Decía que yo era una diva.

¿En serio?

Una diva. Y le daba un poco de rabia que yo tuviera, qué sé yo, un poco más de fama, digamos, que él, que también era escritor. Entonces se molestaba mucho, decía que yo era una diva. Y de diva no tengo nada, la verdad es que trabajo como un esclavo y hago la misma vida que hace todo el mundo.

Isabel, ¿de qué cosas de la vida estás segura?

De que sé contar una historia, de que sé amar, de que nunca le he hecho daño a alguien conscientemente. He hecho daño, sin ninguna duda, por atolondrada, por imprudente, por ignorante, pero no por maldad. De eso estoy segura.

¿Y qué dudas te quedan?

La duda que tengo siempre es cuando empiezo a escribir. Tú dirás, después de tantos libros y tantos años, uno debería tener cierta seguridad. Pero no la tengo, porque cada libro es un desafío diferente, cada libro tiene sus propios métodos, reglas, claves, códigos, que hay que ir descubriendo en el proceso. Y a veces pienso, ¿seré capaz esta vez de hacerlo? Las primeras semanas son siempre de mucha duda.

¿De qué convicciones no te saca nadie?

Mira, yo me crié en la escuela del rigor, en un ambiente de principios y valores fundamentales. El valor de la honestidad, por ejemplo, de la generosidad, de una especie de nobleza que tú tenías que tener en la vida para poder funcionar, para poder ser respetado. Eso fue fundamental en mi infancia, entonces lo he tenido siempre. Yo creo que se refleja en lo que soy en mis libros, la convicción de que estamos en este mundo para ayudar, para servir, para hacer el bien, para tratar de que cuando nos vamos hayamos dejado algo que es mejor de lo que teníamos cuando llegamos. Esas convicciones son fundamentales y sostienen mi fundación, lo que escribo, mi vida, mis relaciones, hasta con los perros. Ese es el fundamento de mis relaciones.

¿A qué le tienes miedo?

A la autoridad impune.

¿Y en lo personal, en lo más íntimo?

En este momento tengo miedo de un final prolongado. Yo me quiero morir de repente. La idea de una larga enfermedad, eso me da miedo, molestar a otros.

¿Qué te provoca inseguridad? Mencionabas el tema de las primeras semanas de escritura de un libro. ¿En qué otras cosas te sientes insegura?

En lo social. Yo no soy muy sociable. Puedo estar frente a un público de mil personas con un micrófono y me siento totalmente cómoda. O sea, ni siquiera siento esa cosita en el estómago que uno siente porque se va a exponer. No lo siento para nada. Pero tú me pones en un cóctel, con un vaso en la mano, y estoy frita. Yo no sirvo para la conversación banal. Más de seis personas es una multitud para mí. Además, yo soy muy baja. Y la gente cada vez es más alta. Yo no sé qué está pasando, pero mira, las patas de los muebles están creciendo. Entonces, en un cóctel me caen los camarones de otros en la cabeza. Lo único que veo son pelos de la nariz. Entonces, no me siento cómoda, para nada.

¿Qué te hace feliz hoy día?

Los perros, mi marido, la casa. La escritura. Sin ninguna duda, la escritura. Oye, pero no en ese orden.

Eso te iba a preguntar…

Debería haber puesto al marido primero.

El orden correcto, entonces.

Digamos la escritura. El marido. Los perros. Nicolás, mi hijo. Nicolás. No, antes de los perros. Nicolás antes de los perros. Sin ninguna duda.


¿Y qué te entristece?

El mundo. Como está el mundo. Me entristece ver gente tan cercana que está aquí. Mira, la señora que trabaja conmigo, que viene a limpiarme la casa dos veces por semana. Hace 30 años que vive en los Estados Unidos. No habla una palabra de inglés. No maneja. No tiene documentos. Y está aterrorizada porque no se puede subir en un bus por miedo a que la deporten. Entonces, cuando veo todo eso, me da una pena tremenda. Porque no tiene por qué ser así. No tiene por qué el mundo ser tan cruel, tan violento. ¿Por qué? Si toda la maldad que existe la fabricamos nosotros. No la pone la naturaleza.

¿Crees en un más allá?

Es una pregunta tan difícil, porque románticamente creo que estoy rodeada de espíritus. Creo que mi mamá y la Paula, que las tengo aquí en mi escritorio y las tengo en el lavatorio donde me lavo los dientes, son espíritus que me acompañan. Pero no tengo ninguna creencia de que me voy a encontrar con ellos en el más allá. No. Es un ejercicio de memoria y de amor. Ahora, creo que hay una parte de la humanidad que ansía la espiritualidad, que la necesita. Y la busca por diferentes razones. A través de las religiones, por supuesto. Las miles de formas de superstición que tenemos, desde el horóscopo para adelante. Y también un deseo de ir más allá de lo material y lo mental. Hay algo más. Que yo creo que no es solamente de la gente. Creo que lo tienen los animales, que lo tienen los árboles. Que hay una fuerza tremenda espiritual.

¿Y crees en la trascendencia?

No sé. No sé. Pero tampoco creo que haya mucha trascendencia en lo personal. Yo creo que somos una cadena. ¿Por qué yo no quiero ensuciar? Porque no estoy sola. Porque vienen otros después. Porque hay otros a mi alrededor. Entonces, no quiero ensuciar mi ambiente de ninguna manera. Y esa trascendencia puede ser generacional. Porque lo que hizo mi abuela afectó a mi madre, me afectó a mí, afectó a la Paula. Son cosas que se van pasando. Pero de ahí a pensar en el cielo, el infierno, una explicación religiosa no la tengo.

¿Qué admiras de las mujeres?

¡Ja! Mucho. Primero, que sean capaces de dar a luz, caramba. Que nos crezca algo adentro, que es un ser humano, y lo vamos alimentando con nuestra sangre, nuestras ideas, nuestro amor. Eso ya es extraordinario de todas las hembras en la naturaleza. Y luego, admiro en las mujeres que, siendo tan inteligentes, siendo tan resistentes, porque son muy fuertes, tan trabajadoras, sean capaces de seguir adelante con todo lo que tienen en contra. Cómo son de menospreciadas, de humilladas, de explotadas… Y hablo en general en el mundo. Porque, claro, hay, por supuesto, mucha gente que no pasa por esa experiencia. Pero la mayor parte de las mujeres lo pasan pésimo. Y, sin embargo, son capaces de cantar y bailar y tener alegría, amar a los niños y cocinar. Eso es fantástico. La capacidad de elevarse por encima de la porquería que les toca.

¿Y de los hombres qué admiras?

Admiro muchas cosas de los hombres también. Pero estoy mucho más cerca de las mujeres, por ser mujer y porque he trabajado con ellas y para ellas toda la vida. Pero las cosas que me gustan de los hombres, por ejemplo, te puedo decir de mi marido. Mi marido es un hombre viejo, tiene 83 años, y físicamente gastado, porque tuvo un accidente hace como 20 años y está pagando las consecuencias. Pero es un hombre de una tremenda decencia, de increíble fortaleza moral, fortaleza intelectual. Va a la universidad tres veces por semana y estudia como cinco ramos, con disciplina, pero además con mucho cariño. ¿Te fijas? Es capaz de ser sentimental, de ponerse a llorar. Se pone a llorar con las películas. Entonces, ese hombre que es capaz de ser absolutamente masculino en los valores que consideramos masculinos y al mismo tiempo tener la increíble capacidad de co - nectarse con lo emocional, con lo sentimental. Esos hombres son extraordinarios. Ahora, no son muchos. Hay que encontrarlos, hay que buscarlos, hay que encontrarlos y además hay que seducirlos y mantenerlos. Esa es la parte más fregada.

¿Y sientes que has tenido suerte en ese sentido?

Mira, he tenido siempre hombres en mi vida. Más de los que tal vez me correspondían. Pero en cada etapa de la vida uno pide diferentes cosas. Cuando yo era joven, supongo que quería formar un hogar y tener hijos. Y el marido ideal para eso era Mi - guel. Después, a los 45 años, conocí a Willy y yo lo que quería era cambiar de vida. Quería otra vida. Y me fui de Venezuela y me vine como inmigrante a los Estados Unidos y empecé una vida con él. Y eso terminó por su propio peso. Se fue desgastando. Y ahora tengo lo que necesito en esta etapa de mi vida, que es cariño incondicional. Ser aceptada incondicionalmente. Eso de sentirse querida a fondo es muy rico.

Y uno no lo debe dar por sentado, además

No, yo lo cultivo. Lo cultivo, pero con una inteligencia que ni te digo. ¡El pobre hombre ni sabe, jajaja!

Nunca sabemos. Nunca sabemos esas cosas.

No, no, la idea es que no sepan.

¿Qué libertades has conquistado a lo largo de tu vida?

Con la vejez, muchas. Bueno, primero, la primera libertad fue empezar a trabajar. Cuando yo era chica, me preguntaban, “¿qué quieres ser cuando grande?” Yo decía mantenerme sola. Y tenía ocho años. Ya sabía entonces que sin independencia económica estaba frita. Y era porque había visto a mi mamá. Después, la segunda libertad que tuve fue el periodismo, que me sacó de adentro de mí misma y me puso en la calle, a ver el mundo, a reportear sobre el mundo. Y eso fue una libertad tremenda. Y después la libertad de la escritura, que me permitió tener una voz, conectarme con mis lec - tores, contar, exorcizar mis demonios, tratar de encontrar respuesta a las miles de preguntas que tengo adentro. Cada libro es una pregunta. Y en la vejez, la libertad de que no tengo que complacer a nadie. Solamente a la gente que me importa y a los dos perros que tengo. Bueno, a los perros en general. Y esa libertad de que no tengo que ser atractiva, ni verme bien particularmente, ni ser nada. No tengo que hacer nada. Si quiero me jubilo, por ejemplo, mañana, y me siento ahí en la terraza a mirar la laguna y los patos, y no hago nada y no pasa nada.

Quiero tomar la frase de Neruda de su autobiografía: Confiesa que has vivido…

Tres vidas. He vivido tres vidas. Mira, una cosa que ha sido la característica de mi vida ha sido que he sido desplazada. Desde muy chica: yo nací en el Perú. Mi padre abandonó a mi madre. Nos fuimos a vivir con mis abuelos. Después mi mamá se casó con un diplomático. Empezamos a viajar, muchos colegios, idiomas, siempre despidiéndome. Después vino el exilio, después la inmigración. Yo siempre soy extranjera, y esa ha sido una característica de mi vida, de mi existencia, que ha determinado muchas cosas.


Inspiración, disciplina y honestidad


¿Cómo se conecta lo que está pasando en el mundo, con tu literatura, con lo que escribes en el día a día?

Por alguna razón parece que yo capto lo que está en el aire con unas especies de antenas mágicas que debo tener en las orejas, porque cada uno de mis libros corresponde a algo que está sucediendo y cuando lo estoy escribiendo no me doy cuenta de que es por eso. En este momento estoy escribiendo una novela que es sobre dictadura y, no te voy a hablar de eso porque no lo tengo terminado ni mucho menos, pero está en el aire, esta democracia en crisis, y estoy escribiendo sobre eso, porque es lo que me importa en este momento. Te voy a dar un ejemplo curioso. Durante cuatro años escribí la novela más difícil que he escrito que se llama La isla bajo el mar, que es sobre la revolución de los esclavos en Haití. Cuando llevaba como dos años escribiéndola me enfermé tremendamente y tuve que dejarlo porque me enfer - mó la investigación de la esclavitud, pero finalmente la terminé y la novela se publicó la misma semana que vino el terremoto gravísimo en Haití. O sea, me pasan esas cosas todo el tiempo, de que el libro coincide con algo que está pasando, aunque cuando lo estoy escribiendo no sé qué va a pasar y tampoco sé por qué lo estoy escribiendo. Hay algo en el aire.

Hagamos de todas tus historias una sola historia, ¿cuál sería?

Yo creo que sería la historia de una mujer que pasa por todo y se pone de pie y sale adelante con el corazón abierto y con alegría y con capacidad de dar.

¿Qué es lo fundamental en el oficio de escribir?

Hay una mezcla de inspiración, disciplina y honestidad. Yo trato de escribir lo que me importa. Hay una especie de profunda honestidad en eso. La disciplina para hacer lo que se tiene que hacer es enorme, es la disciplina de un soldado. Y la inspiración es importante, pero viene unida a lo demás.

En La palabra mágica, tú recuerdas la escritura de La Casa de los Espíritus, que comienza con una carta a tu abuelo y dices que nunca más volviste a sentir, y esto es textual, “esa sensación de absoluta libertad”. Me llamó la atención eso. A ver si nos pudieras explicar por qué no sentiste nunca más esa libertad.

Porque es la libertad de la inocencia y de la ignorancia. Empecé a escribir La Casa de los Espíritus como una carta y seguí escribiendo durante un año sin tener la menor idea de lo que estaba haciendo. No tenía un guión, no tenía un bosquejo, no sabía de qué era, no sabía si era una novela, si era una memoria, de carta no tenía nada. Pero no importaba. Dale y dale, con todas las anécdotas familiares, con los personajes que se acumulaban, sin ninguna estructura que yo supiera que tenía estructura. Después se ha desmenuzado esa novela en miles de pedazos y le han encontrado una estructura, pero no es porque yo se la diera, es porque la encontraron. Esa libertad de no tener idea de lo que estaba haciendo, no tener ningún miedo, nada que te ataje, porque no sabes que existen editores, que las novelas se analizan y se destruyen, que se critican y se destruyen también en la crítica, que existe toda una industria del libro, que los libros se venden, se compran. ¡Nada! Era la ignorancia y la inocencia que nunca más he tenido, porque el éxito de La Casa de los Espíritus me lanzó de cabeza a un mundo que yo no conocía para nada.

¿Cómo fue el descubrimiento de tu propio talento al escribir?

Mira, me ha costado muchos años y muchos libros atreverme a decir la palabra talento, porque es una palabra difícil para mí. Siempre digo que yo tengo una inmensa capacidad de trabajo y que, si me dan un tema y suficiente tiempo para investigarlo, puedo escribir sobre casi cualquier cosa, menos política y deporte, pero todo lo demás puedo. Pero de ahí al talento… Talento es cuando uno puede hacer algo sin ningún esfuerzo. El talento para cantar, el talento para bailar, sin ningún esfuerzo. Pero lo mío es puro esfuerzo. Muchísimo esfuerzo.

Dices que escribir es mucho trabajo para ti. ¿Es un trabajo que te hace sufrir o te hace gozar?

Gozar. Claro, lloro de repente, y de repente me da rabia, porque escribo una escena tres veces y me doy cuenta de que al final no debería estar ahí, hay que sacarla. Entonces el esfuerzo perdido me da rabia. Pero, si no me encantara, ¿tú crees que yo podría pasar ocho o diez horas escribiendo? No, me encanta y además no me quiero jubilar

En La palabra mágica hablas de tu habitación propia. ¿Cómo es esa habitación?

Adentro de la cabeza. La habitación propia no es un espacio físico, es una capacidad de silencio, de excluir el mundo, excluir el ruido, excluir todo lo que nos distrae, todo lo que nos tironea de un lado para otro y meterte en tu historia a fondo. Y ahí vives, en ese pueblo, en esa historia. Mis nietos dicen que yo tengo un pueblo en la cabeza y vivo en ese pueblo. Es verdad, cuando me meto en un libro ya no puedo salir hasta que está terminado.

También dices en el libro que la desgracia es una estupenda materia prima. ¿Qué pasa con la desgracia propia?

Claro que la desgracia propia también es un tremendo aliciente. En cambio, la felicidad da para el final de una novela romántica, y eso, no da para más. La felicidad está muy buena en la vida, pero no en la escritura. ¿Cuáles son las grandes historias que conocemos? Son todas trágicas. Todas las tragedias de Shakespeare son sobre cosas fundamentales que nos duelen. Los celos, la envidia, el odio, la venganza, la codicia, todas esas cosas atroces que nos pasan, que son puras desgracias. Ese es el material del cuento, de la escritura.

¿Cuál es el mejor y el peor consejo que te han dado sobre el oficio de escribir?

Mira, me han dado pocos consejos, porque la verdad es que los consejos me los dio Carmen Balcells, mi agente. El primero que me dio fue, vas a tener que hacer el doble de esfuerzo que cualquier hombre para obtener la mitad de respeto y reconocimiento. Y eso nunca se me olvidó.

Y ha sido así

Exactamente. Casi peor. Yo diría que he hecho tres veces más esfuerzo que cualquiera. Eso no se me olvidó nunca y ese fue un consejo bueno porque me puso en la realidad, me plantó en ella. Y consejos malos que he escuchado son más que nada los consejos para a hacer una novela comercial. O sea, ¿qué es lo que hace una novela comercial? Generalmente la arruina. Si tú estás pensando en eso, arruinas tu texto. Entonces cuando un editor me dice, mira, a mí me parece que habría que hacer esto o lo otro, yo ya le veo en la cara el signo peso y digo, “no, hay que tener mucho cuidado”.

Pero con el éxito que tienen tus libros, ¿quién se atreve a darte un consejo de ese tipo?

Todo el mundo. Todo el mundo tiene algún consejo. Creo haber contado muchas veces esta historia, pero me acuerdo en un cóctel, un señor con un vaso, allá arriba, el señor con un vaso y yo acá abajo recibiendo los langostinos en la cabeza, me dice, ¿y usted qué hace? Yo escribo, le digo. ¿Qué escribe? Novela. Ah, no, me dijo, yo no leo novelas escritas por mujeres. Y entonces me dice, pero la escritura me interesa. Yo cuando me jubile, voy a escribir una novela. Sí, le digo yo, ¿y usted qué hace ahora? Entonces me dice, soy dentista. Entonces yo le dije, bah, cuando yo me jubile voy a arrancar muelas... ¡Mira qué falta de respeto! Eso es lo que me pasa a cada rato.

¿Qué implica para ti? ¿Sientes que hay una falta de respeto?

Claro, ¿crees que se lo dirían a un escritor masculino? Yo lo dudo.

¿Qué prejuicios en relación con las mujeres escritoras han sido los más difíciles de derrumbar?

Que escriben novelas sentimentales. Que lo que escriben no tiene peso, que es sobre emociones y relaciones, ¿a quién le importan? Esos son los prejuicios, ¿te fijas? Cuando me dice un tipo, yo no leo novelas escritas por mujeres, ¿qué me está diciendo? Yo no valoro cómo una mujer piensa, cómo siente su experiencia de vida, no me interesa.

¿Qué valor debemos darle a la voz del escritor fuera de la literatura?

Creo que eso es muy limitado y que tenemos que tener mucho cuidado. Por ejemplo, cuando quieren cancelar a Pablo Neruda, porque Pablo Neruda violó a una mujer o tuvo relaciones con una mujer en ciertas circunstancias cuando era joven. Yo entiendo que el escritor o la escritora es una persona fallada, que puede tener un millón de problemas, pero su obra es independiente de eso. La obra se tiene que sostener, porque el creador es un ser humano fallado, en general, y a veces muy fallado. Sin embargo, la obra puede ser sensacional. ¿Vamos a cancelar a los músicos, a los científicos, que eran unos tipos espantosos? No, pues.

¿Qué historias te faltan por contar?

El mundo está lleno de historias y nunca me falta una historia para contar. Solamente me ha faltado cuando estaba en un verdadero bloqueo, que fue después que se murió Paula, que ahí estaba seca. El mundo estaba lleno de historias, pero yo no veía ninguna. Y las que veía, las trataba de escribir y salía algo totalmente plano, pésimo. Pero fuera de esa época, siempre he tenido alguna historia que contar. He dicho muchas veces que me falta una novela erótica porque mi mamá estaba viva y se murió a los 98, cuando a mí ya no me quedaba ni una sola hormona y ya no me acuerdo cómo se hacía eso. Así que, francamente, no sé si pueda cumplir ese sueño alguna vez.