Doctora en Economía por Stanford y ex ejecutiva de Airbnb en Silicon Valley, la reconocida data scientist advierte que la Inteligencia Artificial es la palanca más poderosa que tenemos a disposición para desarrollarnos, pero que sin perspectiva ésta no lleva a ninguna parte: “Sin visión, comprar tecnología por comprar no pasa nada”.
Doctora en Economía por Stanford y ex ejecutiva de Airbnb en Silicon Valley, la reconocida data scientist advierte que la Inteligencia Artificial es la palanca más poderosa que tenemos a disposición para desarrollarnos, pero que sin perspectiva ésta no lleva a ninguna parte: “Sin visión, comprar tecnología por comprar no pasa nada”.
Cuky Pérez (data scientist y doctora en Economía por la Universidad de Stanford) asegura que desde niña siempre “amó” los números, la estadística y los desafíos matemáticos y que, en la práctica, todas sus grandes decisiones han sido guiadas por un método empírico: le asigna una ponderación a cada variable implicada. “A veces esto se interpreta como ser una persona menos emocional, muy cuadrada. Pero lo bueno es que mi marido y yo somos muy parecidos, así que conversamos con números. Sin ir más lejos, nuestra decisión de volver a Chile fue básicamente basada en ellos”, recuerda la economista, sentada en el living de su fotogénico departamento en Providencia.
La conversación a la que alude se produjo en 2017, cuando su madre murió inesperadamente a los 60 años. “Se nos apareció un tema enorme que no estaba entre las probabilidades”, explica y agrega: “La situación estaba clara: teníamos que volver a Chile, la cuestión era cuándo”. Así que ella y su marido, Miguel Socías, acudieron a los números, se preguntaron cuál de los padres vivos era el mayor –resultó ser su suegro– y cuándo cumpliría el promedio de esperanza de vida. Respuesta: 2022. Ahí estaba el veredicto.
El paso efectivamente se concretó en el plazo estipulado, dejando atrás 23 intensos años en Estados Unidos. Primero como estudiante en Stanford (California), después como profesora e investigadora en la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Washington en Seattle, para posteriormente viajar a Silicon Valley como ejecutiva de data science en Airbnb, el mayor sitio virtual de arriendo de alo - jamientos del mundo, y luego rematar en Shopify, la icónica plataforma de comercio electrónico alojada en la nube y que permite a emprendedores y empresas crear, gestionar y personalizar tiendas en línea sin necesidad de conocimientos avanzados de programación.
“Como lo decidimos con tanto tiempo, todo nuestro mundo lo sabía. Cuando se acercaba la fecha llegó la pandemia, nos mandaron a casa y nunca más volvimos a la oficina. Las empresas nos daban la opción de venir a Chile y seguir trabajando con ellos. Pero decidimos renunciar: si realmente queríamos hacer algo aquí, esos trabajos nos consumirían y no seríamos libres para empezar de nuevo”.
Una vez en Chile, Cuky Pérez, aprovechando sus dotes excepcionales de comunicadora, se ha transformado en una importante conferencista en temas de desarrollo tecnológico e inteligencia artificial. Además, participa como directora en varias empresas y junto a su marido imparten clases de programación para madres jóvenes de comunas vulnerables, un programa que cuenta con el apoyo de la Fundación Soymás, liderada por Bárbara Etcheberry.
Pero antes del gran salto que marcó su regreso a Chile, en 2015, Pérez ya había dado otro giro inesperado en su vida: luego de tres años en la Universidad de Washington haciendo clases y escribiendo papers, decidió abandonar su carrera académica. “Me aburría la soledad. La ciudad era gris y yo sólo escribía y escribía. Nadie cuestionaba que, si me había resultado el tenure track, tenía que seguir ese camino. Excepto mi marido: él siempre me decía que no me veía en la academia, que tenía excelentes capacidades para trabajar con gente, para comunicar”, recuerda. Habló con el decano de su facultad, pidió un año sabático y luego solicitó otro. Le dieron ambos, pero no volvió. Tomó sus maletas y partió a Silicon Valley: había recibido una oferta de Airbnb.
Aterrizó en un grupo profesional multidisciplinario que le abrió la mente. “Eso fue vital, porque cuando quieres resolver un problema que nunca nadie ha resuelto, el propio método no alcanza. Dentro del equipo de científicos de datos todos veníamos de disciplinas distintas: teníamos un lenguaje común –el código, la estadística–, pero trabajaba con físicos, sociólogos, economistas. Era impresionante”.
Dijiste alguna vez que Silicon Valley exprime a las personas y las hace sentir que nunca es suficiente. ¿Crees que ese modelo de excelencia extrema debería exportarse o tiene costos humanos demasiado altos?
He dicho eso y sé que es muy insano. Pero lo haría de nuevo, porque es una manera de sacar lo máximo de ti, más de lo que imaginas. Te lleva a la frontera y esa frontera se mueve todos los meses. Llega un colega nuevo y te abre la mente de otra manera. Pero la fantasía de “Silicon Valley de por vida” no es viable. Los que terminamos ahí disfrutándolo somos todos grandes achievers, los mejores del curso que siempre quieren más, pero también gente con muchas ansiedades, que duerme muy mal. Esa es la cara B.
Si en Chile hubiera un hub acotado donde uno va y lo da todo por un tiempo determinado, con un motor de trabajo y una expectativa clara, podría funcionar como una maquinita que mueve la frontera para el país. Tú entras y puedes salir. Pero hacer de eso la cultura de todo el país es muy complicado. No es solo que las universidades colaboren con las empresas, es un sistema de trabajo, de relacionarse, es una cultura. Y es también una cultura de extranjeros que converge en esta meca de la innovación. Eso es muy difícil de replicar a escala nacional.
Has dicho que debemos mirar a Chile en los próximos 40 años y preguntarnos dónde queremos estar como país. ¿Dónde imaginas Chile en 2065?
Lo que me falta es la visión de dónde queremos estar, de qué queremos ser. En Chile vivimos muy en la coyuntura, con poca mirada de largo plazo. En el último Salmon Summit mostré una estrella: dónde quería estar Noruega en 20 años. Ninguna de mis simulaciones ponía a Noruega en ese lugar -es imposible que produzca 5 millones de toneladas de salmón en 21 años-, pero ese país hace una declaración, tiene un sueño. Chile puede ser el número uno en salmonicultura, en energías renovables, en proveer energía a los data centers, en baterías de litio para los autos eléctricos. En mis años en grandes compañías siempre trabajé con una estrella inalcanzable y a veces la alcanzamos. Eso es lo que me falta en Chile. Hace poco fui a escuchar al ministro Jorge Quiroz y me llamó la atención que su visión era de cuatro años. Es impresionante cómo pensamos el país en ciclos políticos. ¿Qué hubiera pasado si la propuesta de reconstrucción del gobierno hubiese mirado al 2060? Con ese sueño en mente, quizás la gente podría decir: ‘Hay que apretarse ahora, pero hay una visión y una recompensa a largo plazo’.
¿Crees que la inteligencia artificial puede ser una palanca de cambio real?
La IA es la palanca que hoy tenemos a disposición, a un costo mínimo, que permite dar saltos importantes en productividad si se implementa bien. Es peligrosa, sí. Pero te permite agilizar procesos, conocer mejor tu negocio, tener información que antes era inalcanzable. Y ni siquiera sabemos lo que va a pasar en un año o dos. Todas las empresas deberían estar pensando hoy: ¿qué roles necesito?, ¿qué infraestructura necesito para que potencie a todos los empleados? Pero la conversación se queda solo en ahorrar costos.
Chile tiene industrias potentes que generan enormes volúmenes de información. ¿Se está usando bien esa data?
No se usa en todo su potencial. Estoy en distintas industrias –construcción, salud, una AFP, logística– y todas tienen recorrido por delante. En infraestructura Chile está bien: durante la pandemia no hubo problemas para trabajar desde casa, los datos están en la nube y el país tiene una conectividad sin parangón en Latinoamérica. Hace poco estuve en Europa y no podía creer que estaba viendo 3G. Pero culturalmente, el desafío es repensar el negocio, no solo ahorrar un 2% de costos. Las fintech, por ejemplo, están protagonizando una disrupción real en la banca. Para ver ejemplos en áreas improbables basta ir a China: a comienzos de los 2000 estaban menos desarrollados que Chile y hoy viven en el futuro. Ahí hubo una visión, creyeron en algo que parecía una locura.
¿Qué tan importante es la reflexión previa sobre para qué quiero la tecnología antes de invertir en ella?
Siempre hay que tener claro primero cuál es el problema que quiero resolver. En la salmonicultura, la estrella debiera ser encontrar una vacuna para el SRS: llevamos 37 años con esa bacteria, que obliga a la industria a usar antibióticos, sube los costos y cierra mercados. ¿Qué habrían hecho en Silicon Valley? Buscar la cura. Me acuerdo siempre de reuniones con Brian Chesky, fundador de Airbnb. Una vez nos preguntó: “¿Qué experiencia le estamos dando al cliente? ¿Cinco estrellas?” Sí. “¿Y qué necesitamos para que nos den seis?”. Estuvimos en esa reunión hasta llegar a las diez estrellas. Te vuela la cabeza. Lo importante es la manera de pensar: salir de la caja, llevar las cosas al extremo. Sin visión, comprar tecnología por comprar no lleva a ninguna parte.
También has hablado del poder oculto de los datos. ¿Cuál es ese poder que la mayoría no ve? ¿Y cómo cuidamos a las personas sin asfixiar el desarrollo?
Creo que vamos hacia ponerle una edad mínima para usar redes sociales, porque estos algoritmos son adictivos y eso ya está demostrado. Yo conozco ese poder porque lo usé. En economía estábamos acostumbrados a correr regresiones: tienes parámetros, variables, y puedes leer qué afecta cuánto. Eso evolucionó con el machine learning hasta las redes neuronales, que es como correr muchas regresiones a la vez, pero ya no puedes saber cuáles son las variables ni los coeficientes. Le llamamos “caja negra” y nos quedamos contentos. No sabemos cómo funciona, pero funciona increíble. Después llegaron los modelos de lenguaje entrenados en miles de millones de datos. No sabemos muy bien cómo funcionan, pero sí sabemos -porque muchos de nosotros lo vivimos- el enorme poder de predicción que tienen.
¿Existe el riesgo de formar a toda una generación en un siste - ma que la mayoría no entiende y que puede manipular sus decisiones en diferentes ámbitos de la vida?
Voy a usar un concepto que mi marido mencionó en una entrevista: la “deuda cognitiva”. En tecnología existe la deuda técnica: cuando haces las cosas a medias, acumulas una deuda que vas pagando de a poco. Algo similar está pasando a nivel cognitivo. Ese análisis complejo que antes te exigía horas de investigación ahora se produce rápido, pero tomando atajos. Nos volvemos más ágiles, pero quizás también olvidamos más rápido. ¿Qué puede significar eso en diez años? Que las nuevas generaciones no tengan esa profundidad de análisis. Llevándolo al extremo, tengo el temor de que llegue un momento en que pedir una opinión personal sea mal visto, porque antes de responder cualquier cosa exista la necesidad de consultarle al agente de IA. Por eso los sistemas educacionales están muy desafiados. China ya anunció que rediseñará su sistema desde cero. Si desde chicos, así como enseñas educación cívica, en - señaras educación algorítmica –cómo funcionan estos algoritmos, qué pasa cuando les das tus datos, cómo priorizan y predicen–, al menos se transforma en una decisión más consciente.
Muchos pontifican sobre el poder democratizador de la IA, pero también es cierto que su uso puede perpetuar desigualdades
David Autor fue uno de los primeros economistas en entregar una perspectiva positiva al respecto: dijo que la IA puede ser la salvación de la clase media. En todos los tests que se han hecho, la IA siempre logra subir al de abajo y ponerlo en el medio, iguala diferencias de habilidades muy rápido. Pero también puede producir empresas de una sola persona que acumulan todo el valor. Autor lo plantea así: o nos sustituye o nos complementa. Pero no es aleatorio: nosotros tenemos que definir los bordes, llevado al extremo: ¿Queremos un mundo con tres super mega empresas y un 40% de desempleo o una sociedad donde todos trabajemos tres días a la semana?
¿Cuáles son las habilidades que va a necesitar este mundo del futuro?
Viene un período de ajuste. La IA le da un premio a la experiencia, algo que no esperábamos: funciona muy bien cuando alguien puede comprobar que el trabajo se está haciendo correctamente y eso lo sabe quien lleva mucho tiempo en ese trabajo. Por ahora, la IA favorece a los más experimentados, y a los que están entrando se les va a ser más difícil. Pero los sistemas educacionales tienen que ajustarse. Ya no se puede esperar que los recién egresados aprendan en sus primeros años de vida laboral: esa experiencia tienen que adquirirla en la universidad. Una habilidad fundamental es aprender a ser manager: saber gestionar equipos. Con los agentes de IA, hay que saber coordinar asistentes, darles órdenes e instrucciones.
El problema es cuando no sabes qué instrucciones dar…
Claro, y eso lo da la experiencia. Por eso la universidad debe entregarla: a través de role playing, exposiciones de profesionales, laboratorios, más prácticas. En Chile son muy pocas; en Estados Unidos, desde el primer año los universitarios hacen pasantías. No puedes salir de la universidad sin saber cómo trabajar, cómo dar instrucciones, cómo hacer una hoja de ruta. Habrá un período de ajuste y los que están saliendo ahora probablemente lo pasen mal.
¿Tenemos en Chile capacidad de transformarnos en empresas tecnológicas globales?
Sí se puede, pero culturalmente hay una manera de estructurar la empresa que muchas veces no es la más adecuada para hacer disrupciones. Hice un estudio reciente para una columna y el 88% de las compañías que deben reportar a la CMF no tiene un CTO –Chief Technology Officer– en su primera línea. En Silicon Valley siempre hablábamos del “piso”: el equipo necesita cuatro patas para no caerse. Tecnología, producto, diseño y datos. Al 88% de las grandes empresas en Chile le falta una de esas patas. Falta alguien que piense en cómo la tecnología se convierte en una ventaja competitiva, no en que los sistemas no se caigan. Ese perfil es escaso, pero se puede crear: hay muchos ingenieros o personas del negocio que pueden aprender de tecnología y eso es cada vez más fácil. El problema no es la oferta, es que simplemente no se está demandando. En las em - presas donde estoy como directora o asesora, ese es exactamente el perfil que andamos buscando.
¿Y en los directorios hay actualización y visión estratégica respecto a estos temas?
Las empresas más jóvenes lo tienen más incorporado. Pero el desafío es hacer los cambios desde adentro. En Chile se externaliza mucho la programación y al externalizar no puedes traspasar toda la información ni el contexto. La innovación que - da fragmentada y alejada del corazón del negocio. A veces pienso que esa fragmentación va a ser un tope para que la IA no entre tan rápido y no tengamos problemas de empleo de golpe. Y está también el eterno problema de lo desconfiados que somos los chilenos: ¡aquí nadie quiere pasarle sus datos a la IA!