¿Cómo es la derecha que acaba de instalarse en el poder?

En la historia de la democracia chilena desde la transición hasta hoy –a lo largo de la cual Radio Duna ha sido una voz relevante desde su lugar en los medios–, el ecosistema político ha visto prosperar, decaer, morir y renacer varios proyectos distintos en ambos lados del espectro. Con la instalación del gobierno de José Antonio Kast, a principios de este año, el país está viendo una cara distinta del sector que había gobernado con Sebastián Piñera. ¿Cómo es esta nueva “nueva derecha”? El filósofo Manfred Svensson ofrece un análisis en que valora la audacia de intentar golpes de timón, pero advirtiendo que cualquier proyecto debe estar anclado en una concepción de libertad inserta en una vida en común.

¿Cómo es la derecha que acaba de instalarse en el poder?

En la historia de la democracia chilena desde la transición hasta hoy –a lo largo de la cual Radio Duna ha sido una voz relevante desde su lugar en los medios–, el ecosistema político ha visto prosperar, decaer, morir y renacer varios proyectos distintos en ambos lados del espectro. Con la instalación del gobierno de José Antonio Kast, a principios de este año, el país está viendo una cara distinta del sector que había gobernado con Sebastián Piñera. ¿Cómo es esta nueva “nueva derecha”? El filósofo Manfred Svensson ofrece un análisis en que valora la audacia de intentar golpes de timón, pero advirtiendo que cualquier proyecto debe estar anclado en una concepción de libertad inserta en una vida en común.

Hace un poco más de 30 años, en octubre de 1995, Felipe Lamarca, Anita Holuige y Eduardo Navarro me invitaron a participar en una aventura que se llamaría Radio Duna. Era una idea amplia, con contornos no tan definidos, pero que buscaba resucitar la lógica de la opinión, el humor y la música en el espectro radial, que entonces estaba en crisis. Habían quebrado múltiples radios y lo más emblemático: había caído Radio Chilena, la radio del Arzobispado de Santiago, que durante los años del gobierno militar tuvo un rol preponderante en la mantención de la verdad y la equidad periodística.

En ese momento la radio parecía muerta. Era una industria que, como otras, se suponía debía desaparecer. Sin embargo, ocurrió algo curioso: a partir de ese año comenzaron a aumentar sistemáticamente las ventas de autos en el país. Y con ellas, las congestiones y el tiempo que la gente pasaba en el auto. Eso le abrió a las radios, sobre todo a las de FM, un nuevo espacio para desarrollarse.

Duna lo aprovechó muy bien en dos franjas horarias: en la mañana temprano y en la tarde, a partir de las siete. Acompañaba, comentaba, opinaba. Eso fue Radio Duna durante estos treinta años, cambió, y mucho. Pero se mantuvo fiel a la idea original, opinión basada en la información, el humor y las tendencias.

Cuando partimos, había ciertos consensos políticos. Se suponía que la izquierda era la mejor administradora del modelo neoliberal, y que la derecha debía tener un rol de garante, de corte, de tope: influir para evitar excesos, más que para cambiar las cosas.

El tiempo pasó y vimos experimentos políticos distintos. El segundo gobierno de Michelle Bachelet y su pulsión redistributiva contrastó con el de Ricardo Lagos, uno de los más modernizadores de la historia reciente.

Y más aún con el de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, uno de los más privatizadores de la historia de Chile. Sanitarias y puertos son un ejemplo de aquello.

Pero el país cambió. Llegó el estallido social, la discusión constitucional que movió , de nuevo, el eje del país.

Todo eso lo vivimos –y en cierta forma lo sufrimos– desde Duna, sobre todo desde Hablemos en Off el programa en que participo desde su debut hace tres décadas. Por eso, en este espacio de celebración quisimos concentrar la mirada en la derecha chilena. Conversamos con el filósofo Manfred Svensson sobre dos temas fundamentales: la relación entre religión y política -una obsesión personal mía, admito- y la evolución de la derecha chilena, hoy en el gobierno, con un impulso donde –aparentemente, al menos– no se renueva, sino que vuelve a sus raíces.

Manfred Svensson es doctor en filosofía por la universidad de Munich, profesor titular en la Universidad de los Andes y director del Instituto de Filosofía de esa casa de estudios , es además investigador senior del Instituto de Estudios de la Sociedad, IES, uno de los centros donde se concentra parte significativa de la reflexión conservadora católica chilena. Su trayectoria académica combina historia de las ideas, filosofía política y teología política, con un enfoque que busca conectar la tradición clásica y cristiana con los dilemas contemporáneos.

Svensson se ha hecho conocido por su capacidad para traducir debates complejos a un lenguaje claro, sin renunciar a la densidad argumentativa. En sus intervenciones públicas y columnas suele insistir en que la política no puede entenderse solo como gestión técnica ni como choque de intereses: requiere una orientación moral y una visión de bien común. Esa perspectiva lo lleva a criticar tanto el economicismo de ciertos sectores de la derecha como el reduccionismo cultural de la izquierda progresista.

En el debate sobre religión y política ha defendido una posición matizada: rechaza la idea de un “político católico” que actúe como delegado de la jerarquía eclesiástica, pero también advierte contra la pretensión de confinar la fe al ámbito privado. Para él, un católico en política debe ser explícito sobre sus convicciones, sabiendo que la fe ofrece criterios de discernimiento, no un programa detallado para cada tema. Por eso distingue entre el núcleo no negociable de la dignidad humana y el amplio espacio de prudencia política que admite pluralidad de soluciones.

Su análisis de la derecha chilena reciente ha sido influyente. Ha señalado que la derecha liberal-conservadora tradicional perdió ca - pacidad de interpelación al renunciar a la épica y limitarse a admi - nistrar. Frente a ello, observa que la “nueva derecha” republicana y socialcristiana ha logrado sintonizar con demandas ciudadanas sobre seguridad e inmigración, aunque corre el riesgo de confor - marse con esa sintonía sin construir un proyecto de largo plazo. Svensson valora la audacia de intentar golpes de timón, pero insiste en que cualquier proyecto debe estar anclado en una concepción de libertad inserta en una vida en común.

Crítico de modas intelectuales y de simplificaciones mediáti - cas, Svensson ha tendido puentes con sectores diversos, Su aporte principal es recordar que la política sin horizonte moral se agota, y que la fe, bien entendida, puede ser fuente de criterio público sin convertirse en imposición.

Hace más de 30 años, cuando empezó Radio Duna, dábamos por hecho que habíamos encontrado el santo grial: gobiernos de izquierda que administraban un modelo neoliberal con eficiencia y gradualidad. 30 años después estamos en el otro lado. ¿Por qué fracasó ese santo grial?

Porque era la ilusión del fin de la historia. Chile fue el país más “noventero” de los 90: salíamos de la dictadura justo cuando caía el Muro. Todos los sentimientos que dominaban en Occidente tenían expresión pura acá. Pero lo excepcional fue esa estabilidad. Lo normal en la historia humana es el conflicto y la tensión que vivimos hoy. El progreso trae sus propias patologías y la dificultad de sostenerse. El resultado es lo que vemos ahora.

¿Esta nueva derecha entendió esa lección, o corre el riesgo de pensar que encontró otro santo grial?

Es una tentación constante creer que se puede escapar al con - flicto inherente a las sociedades políticas reordenando la economía. Todos los gobiernos caen en tentación economicista. La derecha lo puede decir sin despreciar la economía, pero debe ser sensible a los límites. Puede apostar por libertades económicas y recortes, pe - ro no puede pensar que ese sea el sello de un gobierno de derecha exitoso. El sello tiene que estar en otro lugar si quiere que la gente vea sentido en lo que hace.

¿Cuál identificas como la diferencia central entre la derecha liberal, la derecha tradicional y esta nueva derecha nacional libertaria, social cristiana, republicana?

Es divertido porque usamos conceptos como “nueva derecha” pero los llenamos con cualquier contenido. “Nueva derecha” es posterior a las otras, pero qué la caracteriza centralmente es una buena pregunta. En Chile siempre han coexistido varias derechas dentro de un mismo partido. En Renovación Nacional han estado presentes derechas liberales, conservadoras y nacionalistas bajo el alero del conservadurismo. La pregunta clave hoy es por la vigencia de la alianza liberal-conservadora y las nuevas formas que cobra. Si hay que caracterizar a la derecha, lo más sencillo es decir que es un mundo que pone en el centro de la vida política la libertad en el orden. Ahí se divide entre quienes enfatizan el polo del orden y quienes enfatizan el de la libertad. Estas dos cosas se pueden llevar bien. Creo que el gobierno actual intenta una apuesta en esa línea: acentúa libertad económica y seguridad, buscando articular a las distintas derechas. Pero hay tensiones. La dificultad de la derecha es integrar la idea de que la libertad es parte de una vida en común, no solo individual. Ahí está parte de su déficit de discurso.

Eso se ha interpretado como autoritarismo: que el votante de esta nueva derecha renuncia a la libertad a cambio de orden y progreso. ¿Es virtuosa esa definición?

El gran temor de la derecha liberal y de una sociedad liberal es que el acento en el orden implique eso. Pero no hay libertad fuera del orden. Eso lo viven nítidamente quienes están más expuestos al desorden y la anarquía. Mira las encuestas sobre seguridad en las escuelas: cuando se pregunta si apoyarías mayores medidas aunque impliquen reducir libertades, el apoyo supera el 80%. No es que la gente desprecie la libertad, es que capta que hay una libertad vana si no hay un mínimo de seguridad para ejercerla.

Entonces, ¿quién ha leído mejor eso? ¿La nueva derecha?

Sí. El mundo de la nueva derecha, y en particular el Partido Republicano, mostró que estaba escuchando algo que el resto del sistema político no escuchaba. Se notó en inmigración y en seguridad en general. El gobierno actual capitaliza eso por haber tenido presencia territorial durante la década previa. El riesgo es quedarse satisfecho con tener “bien tomada la temperatura del país”. Eso es insuficiente para gobernar. Gobernar exige hablarle también a la élite y traducir esa sintonía en decisiones que sostengan la confianza en otros temas.

¿Y cuál de esas dos cosas está haciendo el gobierno ahora?

En temas de seguridad e inmigración tiene sintonía con la ciudadanía. Pero en otras materias, como los recortes que se discutieron con el documento del ministro Quiroz, se ve el riesgo de romper esa sintonía.

Un gobierno puede usar la sintonía en temas fundamentales para introducir reformas de largo plazo que no generan aprobación inmediata. Es razonable, pero es un ejercicio delicado. El modo en que se inició esa conversación no fue delicado.

¿Hay en la nueva derecha una pulsión refundacional que la antigua derecha había renunciado?

Se dice mucho que hay un cambio pendular: al proyecto refunda - cional del Frente Amplio le sigue uno del otro lado. Pero las diferencias importan. El Frente Amplio y la primera Convención Constituyente tenían una actitud adversarial no solo contra sus rivales, sino contra la tradición histórica y política de Chile. Los republicanos tienen una actitud adversarial respecto de la izquierda, y eso es problemático, pero no tienen esa actitud contra la tradición chilena en general. Si hablamos de “pulsión refundacional”, puede tener expresiones legítimas y otras que no llegan a puerto. Hay que juzgar materia por materia.

Pero en la mega reforma se ven cambios de eje profundos. Por ejemplo, en lo medioambiental, establecer responsabilidad del Estado por rechazar proyectos ya autorizados cambia la relación del Estado con la inversión. ¿No es eso refundacional?

Sin usar el término, claro que hay una aspiración a no ser un gobierno que solo administra, sino que revisa el rumbo en muchos planos. Es legítimo. Después hay que evaluar caso a caso si se hace con justicia y razonabilidad.

¿No será que hay una audacia en esta nueva derecha que la derecha anterior había abandonado, y eso la ciudadanía lo premia?

Sí. Y hay una sensación de que sólo así puede haber épica en la derecha. Sebastián Piñera tuvo virtudes, pero no era un gobierno con pretensión épica. Los republicanos sí la tienen. La izquierda tiene épica; la pregunta es si puede haber una versión de derecha con épica que no sea descaminada. Tener épica implica un proyecto radical, de no mera administración. Eso puede ser correcto, pero hay que ver su viabilidad y pertinencia tema por tema. Además, el país necesita golpes de timón porque los problemas se arrastran por décadas y el sistema político no permite conformar mayorías efectivas. Que haya pretensión de cambiar el rumbo no sorprende; en algún sentido es deseable. Todo depende de la dirección y la ejecución.

Desde Bachelet 1 se instaló una alternancia tácita. Bachelet 2 intentó romperla con un proyecto refundacional y fracasó. Piñera no lo intentó. Boric lo intentó, fracasó y volvió a la administración. ¿Estamos condenados a la alternancia o hay forma de romperla?

No ha aparecido una fórmula exitosa. Es notable que estemos ante un tercer gobierno de derecha post dictadura, cuando en los 90 parecía que la derecha estaba condenada a la oposición. Si se rompió esa lógica, supongo que en algún momento se romperá también la de la alternancia. Pero quién dé con la fórmula, no lo sé.


Católicos y política

Hay una pregunta que se hace habitualmente, sobre todo desde la derecha: ¿existen políticos católicos, o existen católicos que son políticos?

Sí. Creo que el punto no es elegir una fórmula u otra, sino explicar qué quiere decir alguien cuando se identifica así, o qué quiere decir uno cuando etiqueta a otro. Recuerdo que el propio presidente lo dijo en campaña: se definía más bien como “católico político”, no como “político católico”. Yo entiendo que señalaba la primacía de su condición de católico por sobre su vocación de político. Si eso es lo que quiere decir, me parece transparente.

Recuerdo que esa frase se la planteé a la Conferencia Episcopal hace más de 30 años, cuando se discutía el divorcio. Se pretendía que los políticos católicos tuvieran una sola posición. Yo les dije que si pretendían “políticos católicos”, “periodistas católicos”, “profesores católicos”, se iban a encontrar con un problema distinto al de católicos que son políticos, profesores que son católicos, periodistas que son católicos. Finalmente creo que ese debate lo perdió la Iglesia Católica, incluso entre sus fieles, por suponer que tenía una cierta primacía…

Claro, lo que notabas es que muchas personas se identifican con un mundo de fe sin que esa fe sea el criterio orientador de todas sus decisiones profesionales. Eso ocurre. Pero también hay personas que se relacionan con su creencia religiosa como una filosofía consistente que orienta su acción en todos los ámbitos, no sólo en el religioso estrecho. Eso pasa con las visiones políticas también: cuando alguien adhiere a una filosofía político-filosófica, es natural que nutra su reflexión sobre políticas concretas, y eso suele valorarse como consistencia.

Y no deberíamos entonces dudar de un político que se guía por dogmas de fe?

No. Es natural que un político creyente que hace de eso una dimensión relevante de su vida política reciba preguntas: “Si va a ser consistentemente católico, ¿qué significa para nosotros en el tema X?”. Es un modo honesto de participar en política: ser explícito sobre lo que te orienta. Todo el mundo actúa con alguna orientación vital. A veces son creencias religiosas codificadas; a veces son más difusas. Nos hace un favor quien es explícito sobre a qué asiente, sea religioso o no. Dentro de eso hay un núcleo más dogmático y círculos concéntricos más negociables. Eso pasa en toda visión política. La sospecha que suele circular sobre el político creyente muchas veces está fuera de lugar. Surge porque el creyente tiende a ser explícito sobre lo que lo orienta. Pero hay que entender que las creencias religiosas dan una orientación, sí, pero no una respuesta concretísima para cada tema. ¿Qué rumbo debe seguir un político cristiano frente a la inmigración? No es evidente. Hay cosas que su fe excluye —por ejemplo, desconocer la dignidad de las personas— pero respetar esa dignidad es compatible con políticas migratorias muy distintas. Esa diversidad tiene un límite, y por eso es natural que las autoridades religiosas estén atentas a que no se traspase.