"El cine es un invento sin futuro”. Con esas paradójicas palabras, los hermanos Lumière sentenciaban su propia creación, a la que entonces consideraban una curiosidad rutilante y pasajera, nacida para distraer a las masas de fines del siglo XIX. A más de 130 años de ese comienzo, el paso del tiempo demostró lo contrario: el séptimo arte no sólo encontró su lugar, sino que se convirtió en una de las formas centrales de narrar y entender el mundo. Pero hoy, esa vieja sentencia resuena con una inquietante actualidad, como una sombra que se expande hacia los créditos finales: ¿El cine, en su forma más pura, sigue teniendo futuro?.
Sin duda, la historia lo ha puesto a prueba. A lo largo de todos estos años, ha atravesado crisis, sacudidas y momentos de incertidumbre que han hecho tambalear su aparente solidez, como si aquella vieja profecía fuera a cumplirse. Desde la irrupción de la TV hasta la expansión de plataformas, formatos y lógicas de consumo que los Lumière difícilmente habrían podido imaginar, y que hoy están masificadas y sacramentadas. La inquietud, entonces, toma un nuevo rumbo: ¿Está realmente en peligro la experiencia cinematográfica o simplemente está mutando? ¿Son estos nuevos “invasores” una amenaza real, o podrían transformarse en aliados?
Partamos por la “caja idiota”, como la bautizaron sus detractores. En los años 50, la irrupción de la televisión alteró profundamente el ecosistema cultural y, con ello, la aparente supremacía del cine. Según datos del sitio Eye Film Museum, en 1955 uno de cada tres hogares ya contaba con un televisor en Estados Unidos, y para 1970 más del 90% de las familias se reunía en torno a ese nuevo centro doméstico. Mientras tanto, las salas de cine comenzaban a vaciarse en silencio: durante ese mismo período, la asistencia cayó entre un 20% y un 30%, de acuerdo con el sitio del University of London Press. Un descenso sostenido, desde cerca de 90 millones de espectadores en la posguerra , a 65 millones en los años 50 y 25 millones en la década siguiente.
Por primera vez, el séptimo arte dejaba de ser el centro indiscutido del ocio colectivo. Pero el cine, como el imperio, siempre contraataca. Aquella vez, apostó por el espectáculo en su máxima expresión: predominancia de las películas a color, la llegada del CinemaScope y del sistema Dolby Stereo, que cambiaron la experiencia por completo. La estrategia fue clara: ofrecer algo que su contrincante jamás podría replicar. Y funcionó. El cine sobrevivió no pese a la televisión, sino adaptándose a ella.
Años después, la amenaza fantasma arremetió, de manera más profunda y en forma de plataforma multimedial. A partir de los 2000, el streaming dejó de ser una alternativa para convertirse en el eje del consumo audiovisual global. Hoy, más de 1.400 millones de personas utilizan plataformas de streaming en el mundo, dedicando en promedio 27,3 horas semanales, lo que se traduce en cuatro horas diarias pegados a la pantalla. Más de dos meses al año sumergidos en otra dimensión. Así, el cine volvió a ser golpeado donde más duele: la fidelidad de la audiencia. Con la irrupción del streaming, la asistencia global a salas cayó cerca de un 8,8% en los últimos años, y aún se mantiene alrededor de un 30% por debajo de los niveles de 2019, de acuerdo a datos del sitio S & P Global.
Números aparte, el impacto del streaming ha sido, sobre todo, estructural. No sólo trasladó el contenido al corazón del hogar, sino que cambió para siempre la relación entre el usuario y el tiempo, ese bien tan preciado como intangible. Así, el espectador dejó atrás esa suerte de dependencia a la voluntad del dispositivo: ya no había horarios, esperas ni imposiciones a la vista. Al menos, se instaló una ilusión de libertad. Poder elegir entre un sinfín de opciones, pausar y volver a continuar, se transformó en el máximo acto de poder. El relato dejó de ser continuo, para adaptarse a la lógica fragmentaria del espectador.

Frente a este cambio del sistema, mutaron también las narrativas. Las palabras de Matt Damon en el célebre podcast de Joe Rogan, a raíz del estreno de su película El Botín en Netflix, fueron inquisitivas: el actor aseguró que su filme, como otras producciones de la plataforma, repetían los puntos claves de la trama varias veces, durante el desarrollo del relato. La medida, según Damon, respondía a una fórmula pensada para el nuevo consumidor de streaming, ese prototipo de espectador, distraído y volátil, que se debate entre focalizarse en la serie de turno, las distracciones domésticas y las bondades del teléfono inteligente. Que prefiere estar a medias en varias dimensiones paralelas, antes que reducir su atención sólo a una de las infinitas posibilidades
Las réplicas no se hicieron esperar, y Dan Lin, presidente de Netflix Film, negó rotundamente las afirmaciones del actor. Sea o no cierto, los hábitos de la audiencia sí han cambiado. Y eso ha permeado no sólo a las plataformas, sino que también al cine, obligado a adaptarse a nuevas dinámicas de contenido, donde la tensión entre exigencia y comodidad termina por redefinir la experiencia.
Lejos de la dimensión doméstica, pronto la discusión se trasladó a las altas esferas. Y aparecieron los conocidos de siempre. Directores, realizadoras, productoras y figuras de la industria del cine alzaron la voz, denunciando como sacrilegio la idea de reducir sus obras a una pantalla pequeña, portátil y manipulable. Así, sectores muchas veces antagónicos, parecían alinearse bajo una misma bandera: defender el honor, y el purismo, del cine. Al menos, ante los ojos de la opinión pública.
En ese sentido, el Festival de Cannes de 2017 marcó un antes y un después. La inclusión de películas producidas por Netflix, como Okja de Bong Joon-ho y The Meyerowitz Stories de Noah Baumbach, nominadas a la Palma de Oro sin haber pasado por las salas de cines, provocó gritos desesperados en la proyección, fallos técnicos sospechosos y abucheos del público. Reacciones viscerales que trajeron una consecuencia tajante: Cannes modificó sus reglas y exigió a todas sus nominadas, haber sido estrenadas en salas francesas.
En el caso de los Oscar, la discusión pública también llevó a una consecuencia tangible: En 2025, la Academia anunció cambios significativos en los requisitos de elegibilidad. Para optar a la estatuilla, una producción debe estar siete días consecutivos en una de las seis principales áreas metropolitanas de Estados Unidos, y luego debe ampliar su exhibición en siete días adicionales, en 10 de los 50 principales mercados del país. Y en el caso de producciones internacionales, se permite reemplazar dos de esos 10 mercados por exhibiciones comerciales en su país de origen.

El debate se polarizó, y encontró voz en sus figuras más influyentes. Christopher Nolan, por ejemplo, fue categórico: el cine, en su sentido más puro, solo podía existir en una sala. En la vereda opuesta, Alfonso Cuarón declaró que limitarlo a ese formato era desconocer su evolución. Mientras las posturas se endurecían, películas como Roma, El Irlandés e Historia de un matrimonio, demostraban que el streaming también podía producir cine de alto nivel.
En 2025, otro capítulo remeció a la industria: El caso Paramount v/s Netflix, por la compra de Warner Bros. Discovery. Luego de meses de disputa, Netflix se retiró de las negociaciones, tras la decisión del directorio de Warner de inclinarse por la oferta de Paramount, que se concretó en torno a los 110.000 millones de dólares. Esta jugada no sólo intentó reordenar el mapa corporativo, sino que dejó en evidencia una estrategia clara: reforzar el valor del estreno en salas por sobre el streaming. Según el comunicado oficial de Paramount, el acuerdo contempla un mínimo de 30 películas anuales en cines y la consolidación de sus plataformas, incluyendo la integración de HBO Max y Paramount, en un intento por equilibrar tradición e innovación dentro de un mismo modelo.
Una batalla que, con el tiempo, ha ido perdiendo estridencia para transformarse en algo más pragmático. Lo que en un inicio parecía una confrontación irreconciliable ha encontrado, poco a poco, un cauce natural: la fusión de formatos, la convivencia estratégica, la adaptación mutua como única forma de supervivencia. Quizás siempre fue así, y las disputas no fueron más que un espejismo amplificado. O tal vez, simplemente, la industria terminó por asumir la vigencia de un viejo proverbio: si no puedes con tu enemigo, únete a él.
La retroalimentación entre los titanes del negocio ya no es un secreto. Estudios, productoras y plataformas han tejido un entramado donde todas las dimensiones audiovisuales conviven, negocian y ceden, en un equilibrio inestable pero funcional. Nadie quiere perder, pero todos parecen entender que, a estas alturas, tampoco pueden subsistir por separado.
Así, más que una guerra, lo que emerge es una negociación constante. Y mientras la industria redefine sus reglas, el espectador ya tomó una decisión silenciosa: habitar todos los mundos. Consumir series en Netflix o Disney+, y al mismo tiempo acudir a la sala para los grandes estrenos. En ese ecosistema, Netflix se mantiene como líder con más de 300 millones de suscriptores, seguido por Amazon Prime Video con cerca de 200 millones y Disney+ con más de 130 millones, según estimaciones de FlixPatrol. El streaming domina la rutina; el cine, la excepción.
Y es precisamente ahí donde la sala encuentra un nuevo sentido. En un mundo atravesado por la fragmentación, se convierte en una anomalía valiosa: un espacio que exige atención plena, continuidad, entrega. Lo que antes era un hábito, hoy es una elección consciente.
El click, en cualquiera de sus formas, se ha convertido en el gesto decisivo de nuestra época: elegir, pausar, avanzar o comprar una entrada por internet. Una ilusión de control mediada por algoritmos, pero profundamente arraigada en nuestra experiencia cotidiana. Cada decisión deja un rastro, una suerte de autobiografía invisible que define no sólo lo que vemos, sino cómo habitamos las historias.
¿Y el cine? Sigue ahí, incólume. Expectante y generoso. Diferente en sus formas, pero intacto en su esencia. Tal vez ya no como centro absoluto, pero sí como ritual. Como experiencia irreemplazable en medio de la dispersión. Probablemente, tendrá que librar otras batallas en el camino. Pero, tomando en cuenta su historia, es posible intuir que saldrá victorioso.
Los hermanos Lumière pueden, finalmente, descansar en paz. Su creación, en todas sus formas, pantallas y mutaciones, sigue siendo, un invento con futuro.