Alberto Fuguet: "Creo que soy una persona que molesta"

El autor de Mala Onda, Missing y su libro más reciente, Ushuaia: un destino melodramático, entre otras obras, habla de su legado, la vigencia de McOndo, la homosexualidad, el estallido social, y todo lo que ha debido pasar para, finalmente, ser tomado en serio.

Alberto Fuguet: "Creo que soy una persona que molesta"

El autor de Mala Onda, Missing y su libro más reciente, Ushuaia: un destino melodramático, entre otras obras, habla de su legado, la vigencia de McOndo, la homosexualidad, el estallido social, y todo lo que ha debido pasar para, finalmente, ser tomado en serio.

Alberto Fuguet dice que fue “hecho” en Estados Unidos, pero finalmente nació en Chile. Dice que su mamá lloraba y echaba de menos, y que a su papá lo llamaron al ejército, así que se vinieron y lo tuvieron acá. Al poco tiempo volvieron, se instalaron en California y se quedaron hasta que él cumplió 11 años. Le dijeron que vendrían a Chile de vacaciones. Pero no fue así… “Algo que yo ahora estoy entendiendo es que yo nunca me vine a Chile. Yo nunca elegí venir a Chile. A mí me secuestraron en un viaje y me dejaron acá.”

¿Literalmente?

Literalmente. Hoy sería un poco impresentable. Si a mí me hubieran dicho, nos vamos a Chile, yo hubiera gritado al menos, me hubiera despedido. Lo que sí tengo muy claro es que vinimos a Chile de vacaciones.

Y se quedaron.

Yo no me quedé, me dejaron acá. Mi mamá y mi papá volvieron a vender las cosas. Me dejaron acá a mí y a mi hermano. A mí me parece que eso no se hace, no está bien. Pero soy yo. Alguna gente me dice que soy un poco pesado con mi historia. Pero si yo fuera papá de unos hijos, no les diría “Vámonos a Kenia” y nos quedamos ahí para siempre. Además, en una época sin internet, sin aviones...O sea, había aviones, pero eran carísimos. El correo se demoraba una semana, no había llamadas telefónicas. Estamos hablando del año 74. Yo vine de vacaciones a un país en blanco y negro con militares en el aeropuerto. Yo comía chancho chino que quedaba en la bodega de la casa de mi abuelo.

Autor de libros como Sobredosis, Mala Onda, Tinta roja, Missing, Sudor, Ciertos chicos y, recientemente, Ushuaia: un destino melodramático, Fuguet cumplió 63 años en marzo pasado.  

Parece cuento que tengas más de 60 años… 

¿Te parece poco creíble?

No sé, como que la impresión de tu nombre, de tu imagen, de tu trabajo, es de una persona joven.

Ah, bueno, muchas gracias. Yo creo que tiene que ver con esos famosos memes. ¿Has visto esos memes? Que muestran a Brad Pitt y dice “tiene 55”, y al lado aparece Chadwick y dice “tiene 54”… Y se veía de 90. O sea, creo que también hay una cosa física, pero también creo que es actitud y estar preocupado de estar vivo y curioso y no estar jubilado. O sea, ahora estoy lanzando un libro y estoy escribiendo una columna que había dicho que nunca más. Claro, otra gente diría, me voy jubilando, estoy yéndome a, no sé, a jugar ajedrez.

¿Y tienes alguna sensación especial? ¿Es un tema que has reflexionado?

¿La edad? No, o sea, es raro el tema. Me lo comentan harto, les cuesta creer, como que estoy haciendo un engaño. Es como diciendo, “¿Por qué te subes la edad?” Cosas así. Y lo que sí reconozco es que yo cada vez me siento menos cercano a mi generación. O sea, para mí es gente que está muerta... Me cuesta creer que el presidente tiene nuestra edad. Pero en términos físicos, pero incluso morales, pareciera que podría ser un tío, quizás, ni siquiera tu padre, incluso un abuelo...

Ahora, es el único de nuestra generación que ha llegado a ser presidente.  

Ah, buen tema. Tú dices que todos nosotros somos fracasados… Bueno, yo jamás querría ser presidente; pero claro, si uno quiere ser presidente es mejor ganar que perder.

¿Qué pasó con nuestra generación en ese sentido? 

Bueno, es que yo no sé si yo soy parte de esa generación. Una vez estuve en una fiesta hace unos años atrás donde todo el mundo era famoso, todo el mundo era poderoso, todo el mundo se parecía a su edad. Todos tenían prole también, que eso también creo que te cambia. Y yo en un momento me fui no más. Me sentía solo y aburrido y lateado. No tenía nada que ver... Sobre todo con mucha gente ligada al poder. Yo siempre he sospechado de él y nunca he estado cerca de él. A mí me interesa más la gente que no tiene poder, de donde saco ideas.

¿Y han aparecido en esta etapa reflexiones especiales sobre el tema de la edad?

Sí, creo, bueno, estoy armando una fundación que tiene que ver con el testamento y con el legado. Yo no estoy de acuerdo con muchas cosas de la ley que tienen que ver con la cultura. O sea, no me parece que los libros deberían heredarse. Yo no estoy de acuerdo con esa ley. Sí estoy de acuerdo con que un padre, si tiene un hijo, herede su fortuna, pero ¿qué tiene que ver mi parentela con mis libros? 

¿Y qué querrías que pasara con tu obra?

Me gustaría que estuviera a cargo de fans y de gente cercana, gente que admire la obra no por mi lazo sanguíneo sino por otro tipo de lazo. Y ya los tengo.

¿Ya los tienes definidos?

Sí, sí, sí. Ahora, una de las cosas que nos toca es ver el tema del testamento.

¿Estás viendo tu testamento?

Claro.

Y si no existiera una fundación, si no hicieras testamento. ¿Quién estaría a cargo?  

Bueno, en mi caso no tengo hijos por ahora. Mi hermano o mi padre, que está senil. Entonces mira lo ridículo: que mi padre, al que le interesa cero mi obra, si a mí me atropellan hoy, esa obra queda en manos de mi padre, que era la persona menos indicada para representarme, estando sano, pero ahora que está senil, menos; o quizá senil tomaría decisiones mejores… Una persona inculta, o sea todo bien que una persona sea inculta, pero creo que no debería una persona inculta estar a cargo mío y tampoco es fan mío.

Estaba pensando en Ushuaia: yo lo leo como un homenaje a la omnipresencia de la madre.

Yo no lo veo como un homenaje a la madre, pero ahora que lo dices, puede ser… Claramente es un vínculo freak. Y yo creo que todo vínculo madre-hijo es un vínculo extraño, por decir lo menos. Y creo que se había tocado poco. Se toca mucho el vínculo padre-hijo, que es casi un género, y ahí está Richard Ford y cosas así. Y después se toca bastante madre-hija, que se odian, que se roban la ropa, los pololos; Almodóvar lo ha tocado. Pero hay menos padre-hija o madre-hijo. Una vez un fan me dijo: “¿Le podrías dedicar un libro a mi madre?” “Ah, a tu madre… Veo que hay una historia ahí” …

Me dijo “tú supieras”. Y yo anoté “madre-hijo”.

¿De ahí surge Ushuaia? 

Sí. O sea, en parte… es una suma de insights. Yo siempre estoy atento a historias que puedan conectar conmigo. A veces uno no se da cuenta, es como ir a terapia.

Se cumplen 30 años de McOndo (la antología de relatos latinoamericana coeditada junto a Sergio Gómez en 1996) y se ha celebrado bastante...

McOndo hoy se celebra, pero antiguamente significaba escupitajo. Yo siento que cuando tú me dices “hoy se celebran 30 años de McOn - do”, fíjate que al final no está tan malo. Este crimen no es un crimen ya. Pero en su momento sí era considerado un crimen. Y yo creo que este libro, Ushuaia es McOndo. Sí, sí, sí, yo creo que sí. No sé si le pondría McUshuaia, pero sí, sí, sí.

Estaba releyendo el prólogo de McOndo y la verdad es que está súper vivo…

Y no es muy escandaloso.

Hoy día no.

Puede ser una suma de lugares comunes. 

Pero en su momento…

Y ahí viene un problema, ahí nos acercamos a lo que partimos. Yo en el ‘96 no me di cuenta de lo que estaba haciendo y pensaba que la gente que estaba cerca mío eran aliados, o la generación. Porque yo sabía que todos fumaban droga o todos hacían abortos o todos eran gay o todas las mil cosas, pero no lo decían. Entonces todos decían que América Latina era otra cosa. Todos nos juntábamos en el Au Bon Pain. El ‘96 Chile era un país que crecía por hora. Pero por otro lado había otro discurso con el público: García Márquez o Pablo Milanés… Pero la gente escuchaba Radiohead en su casa. 

¿Y quién sientes que envejeció mejor? ¿Macondo o McOndo?

McOndo. Y además los enemigos de McOndo ya están todos enterrados. O dan.

En ese momento ustedes decían que si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora, el año 96, estaba entre Windows 95 o Macintosh… ¿Cuál es la disyuntiva hoy día del escritor latinoamericano?

Bueno, primero, ser escritor o no. Me parece que ser escritor es algo muy vintage. O sea, apostar por un arte por un lado antiguo, que estaba, de alguna manera, pasando de moda. Y por otro lado, ayer mismo me junté con mi editor argentino, que estaba de paso con Camila Sosa, y me decía que la literatura inesperadamente está volviendo, se está leyendo… Ya no es la figura cultural de antes, pero que todavía la literatura existe e importa. Entonces, la primera disyuntiva es ser escritor o no, todavía creer en el poder del arte y no sólo en las redes sociales. Sí, yo soy un convencido -y si no, me costaría mucho estar acá- de que la ficción sí puede hacer cosas que no hacen otras artes y otras disciplinas. Captar eso que no es tan fácil de captar, el arte lo capta mejor que hacer una columna en una revista o en un post o un twitteo.


La no ficción de la ficción


Tú has trabajado en periodismo, has hecho libros que son más cercanos al documental, al ensayo documental, es decir, un acercamiento a la realidad desde la racionalidad y la observación.

Creo que yo nunca he estado cerca de la razón. O sea, es verdad que yo he estado mucho tiempo en periodismo y en radio, pero yo siempre he sentido que era parte de mi obra creativa.

¿Y Despachos del fin del mundo (crónicas publicadas en 2020)?

Sí, sí. Con mayor razón. No lo he vuelto a leer, pero... es tratar de cubrir el estallido no con distancia y no con herramientas de histo - riador y no pensando en qué me puede convenir. Yo todavía no me acuerdo qué dije. Pero estaba escrito desde adentro y probablemente a favor del estallido. Ahora estoy en contra del estallido. En su momento estaba a favor.

¿Ah, sí?

Sí, sí, sí.

¿Qué pasó entremedio?

Creo que terminé con un novio, ¡jajaja! O sea, creo que me dejé llevar y me hice el joven. Sí, era como “¡Hueón, quememos todo…!”. Y hoy es “¡Hueón, qué me pasa!”. Pero en su momento no me parecía tan atroz.

Mucha gente se entusiasmó… 

Y creo que el estallido tenía que ver con onda, con sexo, con dro - gas y con amigos y ser parte de la comunidad y mucha gente marchaba o quemaba cosas para no quedar como loser, como freak o no... Fue Woodstock para mucha gente. O sea, no era tan fácil y había bullying… Si decían “Yo estoy en contra del estallido”, por ejemplo, el 20 de octubre del 2019, los hubieran quemados vivos. Entonces mucha gente se subió por el efecto masa..

Pero otros se subieron súper entusiasmados…

Sí, sí y se fueron bajando.

¿Querían una épica como las del ’88 o el ’89? 

Sí, pero esa fue una época mucho más penca que la del estallido.

¿En qué sentido?

En que no había nadie desnudo, nadie se quemó. Era todo mucho más acotado. O sea, era una época más como Lollapallooza, con entradas... El estallido no tenía límite. El estallido era como jugar con fuego de verdad.

¿El arte tiene la capacidad de adelantar o representar los cambios sociales? 

Sí. Me gustaría pensar que sí.

¿Y de modificar esas realidades también?

No. Yo creo que eso es pedirle demasiado. Pero sí puede producir un grado de reconocimiento, de sentirse conectado. Eso lo hacen aún mejor la música y las bandas. Cuando yo pertenezco a esta tribu. No es tanto, pero no es poco. El sentirse conectado con alguien o sentirse representado. Creo que el arte va jugando, va dando ideas. Yo digo que Pinochet estaba muy preocupado del Partido Comunista y no de la Andrea Tessa. Siempre he dicho que yo hubiera metido presa a la Andrea Tessa y hubiera dejado libre al Partido Comunista.

¿A la Andrea Tessa?

Sí, sí, sí. O a sus productores, digamos. Sí, porque que Canal 13 muestre a Boy George, Madonna, toda esa gente, digamos, es mucho más disruptivo... O sea, ¿cuánta gente realmente está imitando hoy a Silvio Rodríguez? En cambio, todo el mundo está mucho más ligado a todos los que están hablando de temas de ahora, trans o temas de empoderamiento, de estética, de pelo azul, de piercing. Todo eso apareció por los canales oficiales.

¿Uno podría leer Ushuaia y también Ciertos chicos como literatura de identidades? 

Yo espero que no. Entiendo que podrían ser vistos así. Pero no, yo creo que se parecen a los antiguos, a lo mejor me puedo equivocar. Yo creo que no... Me gustaría pensar que llegan a más gente, que no sólo son libros como de nichos. Para mí el secreto de Ushuaia es que yo siempre voy a ser un extranjero acá. O sea, acá yo estoy usando, para que no sea un hombre y un norteamericano, la mirada de alguien distinto.

¿Con qué tiene que ver eso de ser extranjero?  

Con todo. Debe ser lindo juntarse con los amigos del colegio. Hay algo lindo en ser parte, algo que yo nunca tuve en Chile. Nunca me sentí conectado al colegio, nunca me sentí conectado al barrio, nunca me sentí conectado al idioma… nunca me sentí conectado a la dictadura. Y por ser gay, uno nunca va a ser parte. Y el hablar, opinar, ser escritor… nadie quiere un escritor en la familia ni en el barrio.

Para nuestra generación la homosexualidad significaba represión, negación, motivo de burla… 

Y doble estándar también. Como diciendo: “Pucha, Pedro es gay, pero por lo menos se casó con la Jacqueline y no anduvo puteando”. Estaba lleno de eufemismos.: “Esta mujer sufrió mucho porque se le murió un hijo en San Francisco”. Nunca decían por qué murió… No eran capaces de decirlo ¿A quién le tenían tanto miedo?

¿Y a quién le tenían tanto miedo? 

Yo creo que al qué dirán, al ser distinto. En Chile importa mucho ser de la tribu, no ser distinto. Y a veces hay familias enteras que apoyaban, que armaban un secreto, o armaban un tinglado para ocultar cosas. Aquí es muy importante ser parte de. Pero yo estuve frito desde el momento que en me crié en Estados Unidos. Así que yo, aunque hubiera sido parte de él, nunca lo voy a ser

¿Cuándo empieza a aparecer el tema gay en tu obra? 

Yo lo veo el primer día. En Mala Onda. Lo que pasa es que no es explícito. Y por eso creo que también gusta mucho. Y básicamente por eso creo que también le va bien con las mujeres, cosas así. Porque Matías no es el típico zorrón. Es un zorrón raro. Y creo que eso es: raro. Pero tampoco creo que hay que ponerle los nombres. Creo que lo gay ya está pasando de moda, incluso. Me lo explican mis alumnos, que se niegan a ser clasificados. Hoy a la gente le molesta mucho ser clasificado. “¿Qué te importa?”. O “veamos, el próximo verano va a ser distinto”. Se parece más a la identidad de los peinados.

A lo largo del tiempo el tema empieza a ser mucho más explícito y a estar mucho más presente…

Bueno, va cambiando el país. Y va cambiando el mundo. Y voy cambiando yo. O sea, yo tenía tantos miedos… Yo lo pasé tan mal por eso… no es el momento de hablarlo, algún día lo quiero escribir. Yo lo pasé tan mal por ser gay, y tuve consecuencias tan feroces, que no iba a estar arriesgando más mi carrera literaria, como diciendo “el maraco”, “el nuevo gay del barrio”.


Lo clásico de ser pop


¿Qué cosas nunca cambiaron en tu literatura, en tu trabajo en el cine, en tu trabajo periodístico? ¿Qué cosas han permanecido siempre? 

Me gustaría pensar que lo pop. El no tratar de ser serio. A pesar de que yo creo que soy serio. Yo creo que soy mejor de lo que creen. Y creo que voy a perdurar. Sí, yo creo que soy uno de los buenos escritores de Chile. La mayoría de la gente cree que no. Que soy un freak. Que soy un “huea”.

¿En serio?

Cada vez menos. Cada vez menos.

¿Crees que no te toman en serio? 

Creo que soy una persona que molesta. Yo creo que siempre molesto. Eso también creo que está. Lo que sí creo es que de todos los libros -ahora los están reeditando con portadas parecidas- no hay ninguno que se salga del molde. Estoy contento de ser coherente. Para bien o para mal.

¿Sientes que tu voz se mantiene?

Sí. Entre otras cosas porque siempre salió, quizás, no afinada, pero era mi voz. Yo nunca la impuse. Mientras yo creo que mucha gente demora más en encontrarla, y me consta que hay gente que la imposta.

¿Y tú sientes que la encontraste muy temprano?

Sí, para bien y para mal. Claro, porque en el taller de Skármeta yo empecé a escribir Mala Onda y la odié. Todos los alumnos eran felicitados. Y la primera vez que yo expuse, ardió Roma.

¿Qué leíste?

El primer capítulo de Mala Onda. Y fue odiado, por muchos. Y uno empezó a hacerlo tiras, me escupieron.

¿Hacerlo tiras literalmente?

Sí, sí, sí. Claro, porque era un taller de mucha gente de vuelta del exilio. Entonces, el conflicto que yo ponía era un tipo cuico, en Río, que hablaba a favor de Pinochet. Y la gente todo lo tomaba literal. “¡Yo no acepto que escribas eso!”. “¡Pero quién eres tú…!”.

¿Cómo te sentiste en ese momento?

Bueno, 75% aterrado, 20% asqueado y 5% bien. Después, con el tiempo, el 5% ha ido aumentando. Antonio Skármeta me dijo: “Felicitaciones”. Pero costaba, costaba... Ahora, si nunca hubiera tenido ese 5%, yo no sé qué hubiera hecho. Donoso me llamó por teléfono para felicitarme por la primera crítica en contra mía del cura Valente. Me dijo: “Yo sé que no me vas a creer, pero esto es lo mejor que te ha pasado en tu vida”.

¿Y fue por Mala Onda? ¿O por Sobredosis?

No me acuerdo… creo que fue por Sobredosis. La de Mala Onda fue peor. O sea, Sobredosis sacó aplausos si comparamos con Mala Onda. De hecho, el cura dice algo que nadie hoy se atrevería a decir, que ni siquiera son cosas incorrectas: “Es tan malo que no lo terminé”. Entonces, ¿para qué vas a reseñarlo? Porque a lo mejor al final terminaban todos en misa, no tengo idea, ¿no? O sea, me parece que está bien odiar algo, a mí me gusta odiar, pero yo me cuidaría más la espalda. Pero ahí yo creo que se desencajó.

¿Te interesa la trascendencia de tu obra?

Bueno, dicho así, suena muy fuerte. Pero sí, no creo que sea desechable. Y sí creo que las obras... no siempre a uno le toca el tiempo que uno quisiera que le tocara. Entonces en ese sentido yo creo que sí yo estoy, si bien a nivel popular no puedo quejarme, sí creo que la crítica, o la academia, está un poco atrasada. Ahora se está alineando. Y yo siento que ya no estoy gastando energía en defenderme. Ahora yo lo paso bien no más.

¿Pero sientes que sigues incomodando?

Sí, pero menos. Menos, menos. Lo que es una pena. Ahora me gustaría incomodar de otra manera.

¿No echas de menos ese Fuguet que incomodaba?  

No, no, porque tampoco creo que ahora esté haciendo comerciales de “Poet”. Pero uno no puede estar siempre luchando, y es mucho mejor que te dejen ser a que te estén combatiendo.

¿Y cuál de tus libros es el más duradero en esa mirada de trascendencia?   

Creo que primero es el nombre, el apellido. Yo creo que al final es el nombre lo que va a quedar.

Fuguet.

Sí, lo “fugueteano”, ese mundo, esa onda, esa mirada. Donde podría estar Ushuaia y, Por favor, rebobinar. Dicho eso, Mala Onda sigue funcionando como si fuera nuevo. Algo que me llama poderosamente la atención. Y sigue conectando con gente que nace en otro siglo, y eso me llama muchísimo la atención.

¿Y lo “fugueteano” tiene hijos, tiene herederos?  

Todavía no los puedo nombrar, pero claramente yo los noto en la escuela. Ese mundo puede ser muy, muy diverso. En todo caso, no me corresponde a mí decirlo. Hoy cada uno crea desde su parcela. Me parece que no hay nadie que esté tratando de conquistar el exterior. Porque además es muy difícil conquistar ya el interior.